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3 de diciembre de 2010

El ojo de la cerradura

—Mírala, contoneándose como una modelo. ¡Cualquier día se le descoyunta la cadera! Lo hace para que la miren, que es lo que le gusta. Exhibirse por todo el barrio con sus tacones de aguja. Voy a presentar una queja, Ernesto. Esto no puede seguir así. ¡Qué poca vergüenza entrar al portal a las tantas de la madrugada con la murga de sus tacones resonando en toda la escalera! No tiene consideración con los vecinos, gente decente que tiene ya una edad y que no se pasa las noches de trulenque por ahí como esa…
—¿De quién hablas, Natalia?
—¡De quién va ser! De la vecinita, que fue quedarse viuda y destaparse por completo. Ni luto ni gaitas, Ernesto. A vivir la vida que son dos días. ¡Desvergonzada! Con lo mucho que la quería el buenazo de Julio. Era adoración lo que sentía por ella, y lo que la cuidaba, que cada día le compraba un ramo de flores.
—Un caballero ese Julio.
—De la cabeza a los pies. Un señor. Y ella una fresca. Mira que salir todos los días sin faltar ni uno, que parece que reparte el periódico. Antes se la veía en la azotea, tendiendo. Ya ni eso.
—Tenderá dentro.
—Se compró una secadora.
—Es más práctico.
—No cabía en el ascensor y tuvieron que subirla por la escalera. Machacaron toda la pared. Puse una reclamación, pero ahí se quedó, como todo lo de este bloque de vecinos. El soplagaitas de Luisfer no tiene los redaños necesarios para ser presidente de la comunidad. Todo le resbala. “Todo bien, doñita” y así se le va la vida. Todo bien cuando las cosas no pueden ir peor. Los jóvenes de hoy están agilipollados.
—Cambiará, lo mismo decían del padre y ya ves tú el cargo tan bueno que consiguió en el ayuntamiento.
—Un calzonazos, eso es lo que es. Todo el día detrás de la mujer. “Anita pa´rriba, Anita pa´bajo, Anita esto, Anita aquello. Y a la vecina la tiene en palmitas también. ¿Sabes lo que me dijo el otro día?
—¿Qué?
—Pues me dijo que quien no valora la vida no se la merece. ¿Qué te parece?
—Me parece estupendo.
—No digas sandeces, Ernesto. Y todo porque le comenté lo cambiada que veía a la vecina después de la muerte de Julio; toda arreglada, siempre maquillada, de punta en blanco, estrenando, peinada de peluquería, y sin parar la pata. Pues no tuvo la desfachatez de decirme que con cincuenta y cuatro años no se acaba la vida, y que aún era joven para salir y divertirse, que era lo mejor que hacía, que quedarse dentro de la casa era la muerte en vida.
—Hay quien adquiere la mala costumbre de ser feliz, ¿no?
—¿A qué te refieres?
—A que la vida hay que vivirla, Teresa, a eso me refiero.
—No empieces tu también.
—Escucha Teresa, pienso que…
—Piensas mucho y por eso todo te lo tomas a guasa, pero si te pararas a sentir por una vez…
—Acabaría enganchado al ojo de esa cerradura como tú, vigilando los pasos ajenos, siempre de mal humor por el uso que hacen los otros de su libertad, agriada por no ser suficientemente valiente para mirar su propia vida de frente. Con miedo…
—Ernesto…
—Sí, no me mires de esa forma. Miedo, esa es la palabra; estás acojonada. ¡Ya está bien Teresa! ¿Sabes lo que te pasa? Te pueden los celos, te gustaría ser tú la que sube la escalera taconeando a las tantas, tener el suficiente valor para decir: ¡a la porra con todo!, y a quien le escueza que se rasque. Pero no eres capaz, y te molesta que otros si puedan.
—No esperaba esto de ti.
—Yo tampoco de ti. ¿Cuántos años tienes, Teresa? Cincuenta y nueve, ¿verdad? Entonces ¿por qué te comportas como una vieja? ¿Por qué ya no te peinas como antes; por qué has dejado de maquillarte, de comprarte ropa bonita?
—Tengo problemas mucho más importantes.
—Excusas.
—Lo serán para ti. Y no me hables más, que no quiero seguir escuchándote.
—Sí, ahí sube la vecina por fin, se la oye en la escalera, mejor será que dejemos de hablar de nosotros mismos; no es nada interesante.
—¡Me da igual la vecina!
—¿De verdad? A ver… Sí, esta mirilla es de primera. Vaya, vaya… no sube sola. Le acompaña un hombre. Es joven, demasiado diría yo. Alto, bien vestido, muy elegante.
—Quítate de ahí, anda.
—No, esto es divertido, ya sé porque te gusta tanto. ¡Mira!, acaba de sacar una flor de alguna parte, como por arte de magia. Una rosa. Roja. Se han quedado como tontos mirándose a los ojos. Y…
—¡Hazme el favor!
—Le ha besado, Teresa. ¿Te acuerdas de eso? Se nos daba tan bien. Ya no me besas.
—¡Quítate de ahí! No quiero que nos oiga. Pero… ¡qué alto es!, tenías razón, y qué joven, si no tiene ni barba. Qué poca vergüenza, cuando hace seis meses que... ¿Qué pasa, Ernesto, a dónde vas?
—Aparta, Teresa, sólo será un segundo, no te perderás mucho. Déjame pasar.
—¿Pero a dónde vas?
—A alguna parte, a vivir en lugar de ver como otros lo hacen.
—¿Con las rodillas como las tienes?
—Sólo voy a decirte una cosa, Teresa, ¡a la porra con todo!

10 comentarios:

Ligia dijo...

A veces no nos damos cuenta de la situación que vivimos y no dejamos de contemplar la situación que viven los demás. Así somos...
Abrazos

Raquel dijo...

Sí, ese es el mensaje que quería trasmitir.
Gracias Ligia.
Un abrazo.

Natalia Ortiz dijo...

"A vivir en lugar de ver como otros los hacen"... buena frase =)
¡Gran texto!
Hay momentos en los que miramos al pasado, concretamente al nuestro, y no avanzamos porque al comprar con el pasado o presente de los demás, tenemos envidia y a lo mejor no podemos estar igual o simplemente creemos que no podemos... igual no lo intentamos.
Un beso! :)

Raquel dijo...

Gracias Natalia.
Algunas veces nos es más facil mirar a los demás que a nosotros mismos. Para reconocer lo que va mal en nuestras vidas hay que tener mucho valor y valentía. Para corregirlo todavía más.
Un beso :)

Miguel Schweiz dijo...

¡¡¡Genial!!! No es necesario que diga más. ya sabes lo que pienso de tus relatos.

Jo Raquel es tan bueno...

Besos

Sherezade dijo...

Si viviésemos atentos a nuestra vidas y no alimentarnos de las de los otros.....el mundo sería otro mundo, supongo.
Una estrella de luz
Sherezade

Anónimo dijo...

Me uno... ¡A LA PORRA CON TODO!
Muaks! TQ sister :)

Ana dijo...

¡Que bueno!, me ha encantado este relato, es muy ágil. Me gusta el final, la reacción de Ernesto cuando la aparta del ojo de la cerradura y le dice que será un segundo, que no se perderá mucho es genial. Cuanto me gustaría a veces mandar a la porra a una que yo me sé... (y que tú también sabes)
;)
Un besote

Raquel dijo...

Gracias, Miguel.
Me gusta verte por aquí.
Besos :)


Si viviesemos pendientes de nostros mismos, estoy segura de que el mundo sería mucho mejor.
Gracias Sherezade, bienvenida a mi blog :)


¡A la porra con todo!, ojala lo dijesemos más a menudo.
MUAKSS :))
TQ.


:)) Me has leído la mente. Gracias por darme tu opinión, que ya sabes que la tengo muy en cuenta.
Un beso :)

Blogger dijo...

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