
No fue casual que le ofrecieran moderar los foros que tanto tiempo llevaba frecuentando. Si por algo destacaba Natalia era por su imparcialidad y por su don de gentes. Sabía mediar en las peleas, y gracias a su carisma conquistaba sin esfuerzo.
Aunque no obtenía nada a cambio por pasar gran parte de su tiempo de ocio colgada delante de una pantalla disfrutaba haciéndolo. Consideraba un honor que el administrador del foro hubiera confiado en ella de aquella manera.
Naturalmente, después de tantos años visitando el foro se había hecho con un buen número de amigos que habían traspasado lo virtual y con los que mantenía contacto telefónico diario.
Su seudónimo en los foros era Belisama, y entre los usuarios era muy valorada. Eso halagaba su vanidad hasta límites insospechados. Pero todo se torció el día en que el foro se contaminó.
El buen ambiente creado durante años se emponzoñó en cuestión de semanas. Llegaron nuevos usuarios a los que se recibió bien, sin estridencias. Pero los viejos se sintieron recelosos con los recién llegados. Ellos ya eran un grupo consolidado con unas costumbres hechas, y dudaban de que los nuevos fueran a integrarse bien sin poner patas arriba todo lo que ellos habían construido. La llegada de aquellos “intrusos” desestabilizó el foro. Los viejos no se mostraron muy hospitalarios, y los nuevos se sintieron heridos en su orgullo. Estaba claro que ni unos ni otros podían convivir. Es más, no estaban dispuestos a hacerlo. Lo malo era que tampoco estaban dispuestos a irse.
Los que no supieron ni quisieron adaptarse y ganarse la confianza de los usuarios más viejos optaron por la opción más vil. Destruir el foro. Por consiguiente las amenazas y los mensajes intimidatorios proliferaron.
De nada sirvieron las advertencias.
Por la buena marcha del foro Natalia había tenido que tomar algunas decisiones comprometidas.
Expulsar usuarios era lo último que hubiera querido hacer pero aquel lugar que tanto había significado para ella estaba en serio peligro de hundirse si no se hacía algo al respecto. Lo sabía bien. No era la primera vez que veía clausurarse un foro por esta razón.
Cuando Natalia baneaba a alguno de estos trolls aparecían diez más bajo las piedras. La situación se volvió insufrible. El tiempo que pasaba ante la pantalla del ordenador se duplicó. Mantener el foro en condiciones le estaba restando mucho tiempo y estaba acabando con su paciencia.
No podía permitirse el lujo de descuidar sus estudios pero la situación del foro empezó a obsesionarla. Y un día el vaso se colmó.
Había estado casi toda la madrugada borrando mensajes, no se había acordado de comer y tampoco de que a las nueve de aquel día tenía un importante examen que apenas había tenido tiempo de preparar. Se preguntó, con razón, si valía la pena sacrificar su futuro por aquello, o si en realidad alguien se lo iba agradecer. Decidió que no y que debía desintoxicarse del foro y de Internet por su propio bien.
Sin embargo aquella decisión que parecía muy sencilla de llevar a cabo no lo fue tanto.
Se había convertido en un blanco fácil y empezó a ser acosada por uno de los trolls más agresivos. Había cometido el error de agregarle, cuando aún confiaba en él, en su lista de contactos de Hotmail y de Facebook. Había cometido muchos errores en el pasado facilitando información en el foro sobre su persona, sin imaginar que alguien pudiera utilizar esos datos en su contra. Así que, cuando descubrió que alguien había filtrado sus fotos y sus conversaciones personales en el foro, se sintió defraudada.
Pero aquella campaña de desprestigio no había hecho más que comenzar.
Cada día la bandeja de correo electrónico de Natalia aparecía repleta de amenazas, insultos y referencias a su vida privada. Aquel individuo había conseguido hacerse con claves y datos bancarios. Natalia se sintió vulnerable y desbordada. Ninguno de sus esfuerzos pudo detener el aluvión de mensajes. Nada consiguió hacer entrar en razón a aquella persona que ni siquiera conocía pero que parecía dispuesta a hacerle la vida imposible. Pero lo peor de todo fue descubrir que alguien había estado suplantando su identidad en Internet mandando a todos sus contactos mensajes injuriosos.
Para colmo de males sus viejos amigos del foro también le empezaron a dar la espalda. Aquella situación le había hecho cambiar el carácter. Se sentía débil, desganada, deprimida y decepcionada. Pero “los viejos” consideraron que les estaba dejando en la estacada cuando más la necesitaban.
Ya no quedaba nada del foro de antaño donde reinaba el buen rollo y en el que destacaba el compañerismo, y Natalia se dio cuenta de que muchas de las amistades que creía tener habían dejado de serlo; si es que alguna vez lo habían sido.
Para ella Internet había sido un refugio donde huir de la soledad; un lugar en donde creía haber conectado con otras personas con las que compartía aficiones y una misma manera de ver el mundo. Pero se dio cuenta de que aquello era humo. No esperaba encontrar allí la violencia de la que siempre había huido en su vida real, y no supo reaccionar frente la brutalidad que entraba en su hogar mediante su ordenador personal. Aquella había sido su manera de comunicarse con el mundo y ahora estaba contaminado.
No podía hablar de ello sin sentirse estúpida.
Aquellos insultos remitirían con el tiempo. No tenía que leerlos, ni soportarlos. Con mover el cursor hasta la flecha roja de la parte superior derecha la amenaza cesaría, pero no era así. Porque aquella amenaza había traspasado lo virtual. Aquel individuo conocía sus datos, su teléfono móvil, su dirección. Había visto sus fotos personales, y la de sus amigos. Sabía a que universidad iba. Sabía cada detalle de su vida y hasta la de sus familiares más cercanos. Ya no estaba a salvo, y no podía hacer nada. Se sintió tonta y desvalida por haber confiado en quien no lo merecía; por haber sido ella misma quien le había abierto la puerta de su vida privada.
Allí, frente a la pantalla parpadeante repleta de correo spam, se preguntó qué podría hacer para sentirse de nuevo segura.
“Confiar en que la policía haga su trabajo”, se dijo. Pero ¿de verdad eso solucionaba el problema?
Había perdido algo que no podría recuperar. Nada, ni nadie, podía remediar su sentimiento de vacío.