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7 de noviembre de 2012

¡La leche!



Cuando por un casual a mi conductos olfativos llega el olor de la leche muy caliente mi memoria se activa y entonces parece como si en el suelo se abriera una compuerta que me llevara directamente, como un tobogán por el que me deslizara, a una época pasada, a un momento determinado de mi infancia, cuando sentada tras la enorme mesa del comedor donde hacía los deberes del colegio mi madre unas veces, mi abuela otras, colocaban delante de mi un enorme tazón de espumosa leche para que merendara.
La leche, en concreto su olor, activa mis recuerdos. En casa, cuando yo era pequeña, la leche la preparaba mi abuela en un caldero enorme, el que usaba para los potajes. Era leche en polvo y recuerdo la marca, Lita. Venía en un paquete enorme con el dibujo de una enfermera sonriente, aunque su expresión, ahora que lo pienso, daba un poco de miedo.

Mi abuela cogía un cacito y contaba las medidas; una por papá, otra por mamá, otra por ella, otra por mi y  otra por cada uno de mis cuatro hermanos, repitiendo hasta llegar a veinte o así. Después se llenaba de agua el cazo y se dejaba al fuego, y siempre, siempre, siempre, da igual que estuviera alguien al tanto, siempre se salía. La espuma se desbordaba y se manchaban los fogones y mi abuelita se lamentaba porque la leche quemada dejaba un olor característico que a mi, personalmente, no me disgustaba tanto. Algunas veces yo y mis hermanos nos llenábamos una cuchara de la leche en polvo de aquella bolsa y nos las comíamos así, mordisqueando aquel polvillo que formaba una pasta dulce en nuestra boca. Aquella leche tenía un sabor que no he vuelto a saborear, o quizás  sabía diferente porque  esa leche llegaba a hervir.  Mi abuela nunca se acostumbró a calentar la leche en el microondas, y tengo que reconocer que la leche calentada al fuego sabe mejor, mucho mejor.  
En casa siempre había una lata de leche condensada en la nevera, con un sombrerito de papel de platina protegiendo su contenido. A mi no me gustaba tanto esa leche, era demasiado dulce y te dejaba los dientes doloridos y flojos, yo prefería la leche en polvo, y ahora que lo pienso, parece que fuera el  único alimento que saboreaba con gusto. La leche nunca faltaba en nuestra dieta diaria, no un vasito, unos tazones en lo que podías nadar, y después de más mayores unas jarras enormes de cerveza llenas hasta arriba, dos o tres veces al día. Que no fuera por leche, que eso es bueno para los huesos y en edad de crecimiento es lo mejor, debía pensar mi abuela.  Y tenía razón, gracias a aquella leche crecimos mucho.
Hay días, como hoy, que un olor me hace recordar no sólo un tiempo que ya pasó, sino a las personas que lo compartieron conmigo. En estos recuerdos está mi abuela, y  es como si volviera a tenerla a mi lado, como si pudiera escuchar su voz desde la cocina llamándome para ir a comer. Hay días que algo tan simple como un olor efectúa un milagro, el de traer de vuelta a los que ya se fueron.

2 comentarios:

Ana dijo...

Que bonito Raque, ¡y lo mejor es que yo también forma parte de esos recuerdos! Ay, abuelita, para ella esas modernidades del microondas no valían, y puede que estuviera acertada porque a saber lo que esas ondas pueden alterar de los alimentos de y de nuestros cuerpos.
Yo recuerdo la leche con el gofio, incluso el biberon, la verdad es que bebíamos leche que era una burrada, y sólo de pensarlo ahora me revuelvo, ¿una jarra de cerveza o un tazón grande?
Esperemos que nunca tenga problemas de calcio y de huesos
Gracias por traerme a la memoria un trocito de cosas que ya no están, pero que siguen estando....
Besos
:)

Raquel dijo...

:) Ay Ana, el otoño que traicionero es para los recuerdos. llega la lluvia, el frío, y la memoria se activa por cosas muy simples, como el olor de la leche hervida.
Puede que tengas razón con lo del microondas; quién sabe los efectos que provocan esas ondas en nuestros organismos.
Gracias a ti, hermana.
Besos

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