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9 de marzo de 2010

La bestia del East End


Extracto de la carta de Emily Hand, enviada al inspector McNaghten el 27 de diciembre de 1888.

El señorito Druitt nunca fue un niño normal. Creció sin padre, y su madre, única autoridad moral que conoció, lo mimo en exceso a pesar de las evidencias que revelaban sus graves problemas psicológicos. John exhibía una insana y morbosa obsesión por la muerte, y una falta total de empatía que unida a su crueldad extrema lo convertían en un ser diabólico y peligroso. Para Ann, su madre, era más fácil negar lo que veía; pensaba que el tiempo y una férrea educación en uno de los colegios más elitistas de Londres aplacarían sus instintos. Y aparentemente fue así.
Durante un tiempo la bestia que lo dominaba hibernó.
Cuando terminó sus estudios de derecho y regresó a casa no quedaba nada del niño solitario, enfermizo y huraño del pasado. John poseía una inteligencia privilegiada y un físico extraordinario. Su encanto era evidente y su poder de persuasión irresistible.
Pero cuando su madre enfermó la bestia que había conseguido adormecer volvió salir más hambrienta que nunca.
Ann fue perdiendo sus facultades y la cabeza. John empezó a beber para soportar el dolor que esto le producía. Bebía tanto que perdía completamente la noción del tiempo. Durante esos periodos, en los que no era consiente de si mismo, parecía desdoblarse en dos. Entonces la bestia le sometía, y bajo su influencia vagaba por las sucias calles de la ciudad buscando una manera de desfogar su frustración y su rabia.
Al principio no le di importancia. Pensaba que era normal, una forma de expresar la impotencia que consumía su alma. Entendía que era el amor sin medida que profesaba a su madre lo que le había llevado a ese estado y justificaba sus abusos. Era mi señor, y yo una ama de llaves demasiado vieja, demasiado insignificante para detenerle.
Pero cuando volvía a la casa, bien entrada la madrugada, y me llamaba a gritos para que le ayudara a desvestirse veía en sus ojos una sombra que me encogía el corazón. Había algo en ellos, una oscuridad, que me hacía temblar. A medida que su madre empeoraba sus salidas nocturnas aumentaban. Ann, enclaustrada en su habitación, no era capaz de reconocer al hijo que tanto adorara. Cuando él se le acercaba ella gritaba y se encogía presa del pánico. John, cegado por el dolor, alimentaba a su bestia interior hasta que no quedaba nada de si mismo.
Pasaba días enteros fuera de casa y cuando llegaba se encerraba a cal y canto en su habitación. No permitía pasar a nadie. Raras veces accedía a que pusiera un poco de orden, y en esas contadas ocasiones veía entre sus papeles y entre sus ropas dispersas por doquier cosas que me inquietaban profundamente. No lo sabía con certeza pero sospechaba de sus actividades nocturnas.
Cada mañana buscaba en los periódicos algo que me diera una pista, o que apoyara mis suposiciones, y me sentía aliviada cuando no hallaba nada. Hasta que llegó el otoño y todos los diarios de Londres empezaron a hablar de un extraño atacante nocturno.
No lo sabía, no tenía forma de saberlo, pero intuía…lo intuía. Aquel asesino despiadado, aquella bestia que describían tan sádicamente no podía ser otro más que él. Usted se preguntará que por qué lo sé, y es mi obligación contárselo.
La otra noche, la noche del último asesinato, escuché un ruido muy fuerte que provenía de la puerta de atrás. Estaba muy asustada, imagínese, pero me levanté. Acababan de dar las cinco de la madrugada, y pensé en John. De puntillas me acerqué a la cocina y me escondí en la despensa; desde allí se ve la puerta de atrás muy bien. Estaba aterrada pero fui lo suficientemente prudente para contener el aliento cuando lo vi entrar. No se me olvidará, señor, lo que mis ojos contemplaron. Parecía otro, tenía el cabello revuelto y a la luz de la luna que entraba por la ventana vi sus ojos vacíos de vida como los de una muñeca sin alma. Se quitó la capa negra que lo cubría de pies a cabeza y pude ver sus ropas completamente ensangrentadas. Por un momento sentí que se me doblaban las rodillas. Sus manos eran rojas, rojas de sangre. Entonces se desnudó y echó la camisa, el chaleco, los pantalones, todo lo que le cubría a la caldera. Se quedo allí quieto, mirando el fuego que consumía la ropa, ensimismado. Las llamas arrancaban de su rostro una expresión diabólica. Nunca vi nada igual. Se fue y yo esperé, horas, no lo sé, paralizada por el horror.
Amanecía y de puntillas volví a mi habitación. Cuando volví a salir una extraña inquietud me torturaba. No supe qué hacer y me dirigí a su habitación. Esperaba encontrarla cerrada pero la puerta estaba abierta y en la habitación no había nadie. Se había llevado su diario y algunos papeles.
Han pasado tres semanas y no sabemos nada de él. Nadie sabe de su paradero y me temo lo peor.
Confío en que usted, señor inspector, sepa qué hacer al respecto.

Suya afectísima.
Emily Hand.


Melville McNaghten dobló la carta cuidadosamente por la mitad y se quedó mirando pensativo los archivos que tenía sobre el escritorio. Hasta ahora, a pesar de la larga lista de sospechosos en la que se incluía al joven Druitt, todas las pesquisas habían resultado infructuosas.
Sin embargo el inspector McNaghten estaba seguro de conocer la verdad. La noticia del hallazgo del cadáver de John Druitt aquella misma semana en el Támesis había impulsado sus sospechas.
Desalentado, se acercó a la chimenea y arrojó la carta. Las llamas devoraron el papel en segundos.
El inspector McNaghten había recibido órdenes muy concretas; la verdad no debería conocerse nunca.


5 comentarios:

Malena dijo...

Mi querida Raquel: Es un relato extraordinariamente bueno. No pierde ni un ápice de interés desde el principio hasta el final y cuando acabas te quedas con la boca abierta porque no sé quién podía querer que no se supiera la verdad y no me atrevo a preguntártelo.

Eres muy buena escribiendo. No te has planteado escribir un libro? En mi tienes a una admiradora.

Mil besos y mil rosas.

Raquel dijo...

Muchas gracias, Malena.
Sí, me lo he planteado; creo que todos los que tenemos esta afición pensamos en eso. Desde luego a mi me encantaría, pero sé que es muy dificil, que hay gente buenisima escribiendo por ahí, y que hay que tener una constancia que yo no tengo. Pero claro que me gustaría, y espero hacerlo algún día.

Muchos besos, y de nuevo gracias por leerme y darme tu opinión.

Ana dijo...

Excelente relato, muy bien ambientado y ecrito. ¡Pero que te voy a decir yo que soy tu mayor admiradora!
Me gusta ese desenlace.
Un beso hermanita, te quiero mucho.
;)

Raquel dijo...

Muchas gracias, Ana, por todo :)
Te quiero mucho.

Prometeo dijo...

Muy bueno e interesante, otra version de un misterio (te recomiendo la obra de: Retrato de un asesino de Patricia Cornwell (http://comunidad.terra.es/blogs/prometeolibros/archive/2008/11/09/retratodeunasesinodepatriciacornwell.aspx). Un abarzo.

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