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1 de septiembre de 2013

Rivales

Fueron coetáneos, tuvieron éxito en lo que hicieron, pero la rivalidad los distanció



Las dos levantaron de la nada un imperio de la cosmética multimillonario. De origen humilde ambas, se profesaron una profunda antipatía que llegó al extremo de robarse fórmulas para productos y técnicas publicitarias.
Helena Rubinstein, polaca de nacimiento, y Elizabeth Arden, canadiense, abrieron en Nueva York sus respetivos salones de belleza;  y aunque les separaban pocas manzanas, jamás llegaron a conocerse personalmente. Aún así su rivalidad se convirtió en legendaria.
En una ocasión, tras comunicarle que Elizabeth había estado a punto de perder un dedo al darle de comer a uno de sus caballos, Helena comentó con maldad: “¿Y qué le pasó al animal?”.


Los caballos eran la pasión de Elizabeth. Gracias a ellos Arden se consagró en el mundo de la belleza.  Fue en 1930 cuando creó su crema más reconocida, y milagrosa; la “Eight Hours de Elizabeth Arden”, que aplicaba en las heridas de sus caballos. Un día una amiga la usó sobre las heridas que su hijo tenía en la rodilla y en tan solo 8 horas, su rodilla estaba completamente curada. De aquí nació su nombre y comenzó la historia de su imperio. 

Helena se consagró al trabajo. 

Las se referían la una a la otra como “la otra” o “esa horrible mujer”. Las dos vivían obsesionadas con la idea de derrotar a su rival. Su particular guerra llevó incluso a Rubinstein  a contratar al ex marido de Arden, quien la había ayudado durante años en el negocio, mientras que Elizabeth, en respuesta, le “robó”  a su rival una docena de sus mejores empleados. Se mandaban dardos envenenados y despotricaban la una de la otra siempre que se les presentaba la ocasión.



Rubinstein llegó a decir: "El trabajo ha sido mi mejor tratamiento de belleza. Mantiene a raya las arrugas, permite mantener joven el corazón y el espíritu. Ayuda a una mujer a conservar la juventud, y por supuesto, la vitalidad"

Aunque eran mujeres muy diferentes, madame Rubinstein no utilizaba nunca sus productos, mientras que miss Arden no salía de casa sin maquillaje, las dos tuvieron muchos puntos en común. Divorciadas de sus primeros maridos, quienes preferían tontear con sus empleadas que tratar con ellas, se casaron con dos príncipes de título dudoso. Sus personalidades eran fuertes, tiránicas, solían hacer llorar a sus empleadas, eran adictas al trabajo y a los tintes capilares, les obsesionaba el dinero y sentían pasión por las joyas.


Arden y Rubinstein, sin dinero y con mucha ambición, construyeron imperios multimillonarios, que controlaron hasta su muerte, cuando sus salones facturaban cifras récord de hasta 60 millones de dólares.

Helena Rubinstein murió en 1965, a los 94 años, en la oficina a la que jamás dejó de acudir cada día. Tres semanas más tarde, Arden, que paseaba frente a uno de los salones de Rubinstein, exclamó con evidente tristeza: “¡Pobre Helena!”, aunque su expresión era de triunfo, como afirmó más tarde uno de sus acompañantes.
Miss Arden no le sobreviviría mucho; 18 meses después fallecería a los 82 años víctima de una trombosis. Fue sepultada con un vestido de chiffon color rosa diseñado por Oscar de la Renta.



Vivieron por y para la electricidad. Nikola Tesla (1856-1943), nacido en Croacia, era hijo de un pope ortodoxo que pensaba enchufarlo al sacerdocio. Pero cuando a los diecisiete años se enfermó de cólera, su padre le prometió que si sobrevivía lo dejaría estudiar en el Politécnico de Graz, y gracias a esa providencial decisión, y a su curación, Tesla ofreció al mundo  la corriente alterna, la radio, las redes de alta tensión, el radar, el fax, el aire acondicionado, la luz fluorescente y los misiles teleguiados. Además fue el precursor de la robótica y según la oficina estadounidense de patentes inventó la radio, aunque el Nobel lo obtuvo Marconi.
Fue el primer hombre 
en recibir 
señales de radio 
procedentes del espacio 
exterior.
Era un hombre muy maniático, y su carácter excéntrico hizo que se viera relegado al ostracismo y se le considerara un científico loco.
Thomas Alva Edison (1841-1931) nació en Ohio; además de empresario fue un prolífico inventor; patentó más de 1000 inventos, como el fonógrafo, la lámpara incandescente, o la corriente continua.
Los dos se vieron enfrentados en lo que se llamó “La guerra de las corrientes”.
Después de la Exposición Mundial de París en 1881 los nuevos sistemas de iluminación eléctricos se convirtieron en el logro tecnológico más importante del mundo. La demanda de electricidad pronto promovió la construcción de centrales eléctricas más grandes que llevaran la energía a mayores distancias. El sistema de Edison, que utilizaba la corriente continua (CC), era poco adecuado para responder a estas nuevas demandas. Sin embargo lo que ofrecía Tesla, corriente alterna, respondía a  la perfección; a diferencia de la CC, el voltaje de la CA se puede elevar con un transformador para ser transportado largas distancias con pocas pérdidas en forma de calor. Esto provocó que Edison se alarmara ya que amenazaba sus intereses en un campo que él mismo había creado. Para combatir la teoría de Tesla Edison realizó una campaña para fomentar ante el público el peligro que corrían al utilizar la corriente alterna, por lo que Harold P. Brown, un empleado de Thomas Edison contratado para investigar la electrocución, desarrolló la silla eléctrica; en ella electrocutó a perros, gatos y hasta un elefante (la elefante Topsy).


En 1897 Tesla presentó en la oficina de patentes el diseño de su radio. En 1900 Thomas Edison y Guglielmo Marconi, presentaron un diseño de radio que, para más “inri”,  utilizaba para su funcionamiento hasta 17 patentes de Tesla. La presión ejercida por Edison, su influencia y control de las altas esferas, hicieron que la oficina de patentes americana cambiara su decisión y otorgara la patente de la radio a Marconi. A pesar que Tesla litigó con Marconi por la patente de su propio invento, no fue hasta 1943 (y ya a título póstumo) cuando un Tribunal logró por fin que se reconociera a Tesla como el verdadero inventor de la radio. 

Para neutralizar esta iniciativa de desprestigio, Nikola Tesla se expuso a una CA que atravesó su cuerpo sin causarle ningún daño. Ante esta prueba, Edison nada pudo hacer y su crédito quedó momentáneamente erosionado.
Durante la Feria Mundial de Chicago de 1893, Tesla tuvo su gran oportunidad. Cuando la iluminación de la Feria le fue adjudicada y Tesla pudo exhibir sus generadores y motores de CA.
Más tarde, la Niagara Falls Power Company encargó a Westinghouse el desarrollo de su sistema de transmisión. Fue el final de la “guerra de las corrientes”.
Pero su enemistad se remontaba tiempo atrás.  Tesla trabajó un tiempo con Edison mejorando los diseños de los generadores de corriente continua. Edison registraba como propias varias patentes  que Tesla le brindaba, y además se negaba a subirle el sueldo de 18 a 25 dólares a la semana. Sin embargo el detonante de su  antipatía ocurrió cuando Edison se negó a pagarle los 50.000 dólares que le había prometido si realizaba mejoras en sus generadores, aduciendo que se trató de una "broma estadounidense".




En 1920, Edison dijo a la revista Scientific American que estaba trabajando en un aparato para hablar con los muertos. Este proyecto cayó en el olvido; muchos pensaron que estaba loco. Lo que quizá́ no se supo es que en 1901, el antropólogo Waldemar Bogras, en Siberia, grabó unas voces extrañas durante un ritual de la tribu Tohouktchi. Lo curioso fue que lo hizo con un invento patentado por Edison: el fonógrafo.




Actrices de éxito, hermanas y rivales. Olivia de Havilland y Joan Fontaine nunca se llevaron bien. Desde pequeñas ya existía rivalidad entre ellas. Olivia, la mayor, era la mimada de la familia, la guapa; Joan era la inteligente, el patito feo que heredaba la ropa usada de su hermana. Fue su madre, una actriz frustrada, quien más colaboró en la antipatía de ambas; mientras animó a Olivia a dedicarse a la actuación, a Joan le prohibió terminantemente que siguiera los pasos de su hermana, y hasta le impidió usar el apellido “De Havilland”. A Joan no le quedó de otra que adoptar el apellido “Fontaine”, el apellido de su padrastro, como nombre artístico mientras trataba de hacerse un hueco en Hollywood.
Durante la infancia las 
peleas entre 
las dos hermanas 
eran frecuentes; 
tan fuerte se pegaban 
que en una ocasión 
Olivia llegó a 
romperle la clavícula 
a Joan.

Olivia, en cambio, ya había alcanzado cierto estatus gracias a las películas  que hizo con Errol Flinn; con quien compartiría cártel en nueve ocasiones. 
La gran oportunidad de Joan le llegó con “Rebeca” de Alfred Hitchcock, que le proporcionaría su primera nominación a los Oscar. La de Olivia le vendría, supuestamente, gracias a su hermana.
Joan quería el papel de “Scarlett O´Hara” pero Selznick le ofreció el papel de Melania. Joan lo rechazó diciéndole: “Si quieren a alguien para hacer de pava, llamen a mi hermana Olivia”.
En 1941 las dos estaban nominadas al Oscar, ganó Joan por su interpretación en “Sospecha”. Al ir a recoger el galardón pasó de largo de su hermana, que iba a felicitarla; esto terminó de distanciarlas definitivamente. Olivia jamás le perdonó lo que consideró una ofensa.


"No me lo podía creer. De repente, volvieron todos los momentos de nuestra infancia cuando ella se reía de mí, cuando quería demostrar que era mejor que yo, cuando me rompió la clavícula. Le había ganado el Oscar y sabía que nunca me lo iba a perdonar".



El Oscar de su hermana le dio alas a Olivia para conseguir el suyo. Cinco años después lo consiguió finalmente por “To Each His Own”. Y esta vez fue Olivia quien pasó de largo de su hermana, que se había acercado con la mano extendida para felicitarla; al parecer Joan había hecho unas declaraciones a la prensa sobre el marido de Olivia que la habían enfurecido. Aquel gesto fue captado por las cámaras. 

Joan le robó el novio a su hermana, el multimillonario John Hughes. Pero no fue el único hombre que le arrebató.
Olivia relata sus años en Hollywood con la constante presencia de su hermana menor, acechando en todos los momentos de esplendor, pisándole los talones.
"Brian Aherne fue mi novio antes que su marido... Todo lo que yo conseguía tenía que conseguirlo ella". La raíz estaba en la infancia."Cuando era mi cumpleaños, Joan también recibía regalos".

La carrera de ambas fue paralela, pero la de Olivia fue más reconocida; fue cinco veces nominada al Oscar, ganándolo en dos ocasiones.
Estuvieron sin hablarse treinta años hasta la muerte de su madre en 1975, pero tampoco en una ocasión como aquella la rivalidad de ambas quedó en segundo plano. Olivia organizó una ceremonia pero Joan no asistió: según ella, su hermana no la invitó; según Olivia, Joan se desentendió del asunto.
Y a pesar de todo el tiempo transcurrido parece que ninguna de las dos tiene intención de cambiar las cosas.
Joan declaró hace poco: “Para mí Olivia es como si no existiese. Nos odiamos tanto cuando éramos jóvenes que ahora hemos agotado la carga de odio y nos limitamos a ignorarnos”




Fueron dos grandes de la literatura y su tensa relación quedó como testimonio de lo productivas e ingeniosas que pueden ser, a veces, las rivalidades enconadas.
Érase un hombre a una nariz pegado… fue uno de los versos – el más famoso- que a modo de cuchufleta le dedicó Quevedo a Góngora. Góngora tampoco se quedó atrás, y si su nariz aguileña era el objetivo de la mofa de su archienemigo, los pies zambos y la falta de vista de Quevedo le valieron a él para devolvérsela; así se expresaba al respecto:

Anacreonte español, no hay quien os tope,
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope.
¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?
Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.
Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego.


¿Que cómo empezó este cruce de puyas en verso? Pues todo se originó por una cuestión de estilo. Góngora era partidario del cultismo, Quevedo del conceptismo, y a partir de estas diferencias, inicialmente literarias pero luego llevadas a un terreno personal, surgió su rivalidad; una rivalidad que incluso llevo a Quevedo a comprar la casa donde vivía Góngora en Madrid cuando esté se arruinó; y se dice que lo primero que hizo al mudarse fue quemarle los libros que Góngora se dejó allí.

5 comentarios:

Ligia dijo...

Muy bueno el post. Lo de Joan y Olivia lo desconocía, siendo hermanas es más ilógico que los demás, pero dicen que si la envidia fuera tiña...
Abrazos

Raquel dijo...

Eso mismo comentaba con mi hermana: la verdad es que entre hermanos siempre suele haber un poco de rivalidad sana, pero lo de estas dos es pasarse; se odiaban ya desde pequeñas y siguieron haciéndolo de adultas sin descanso y además con inquina.
la verdad es da un poco de miedo este tipo de rivalidades tan enquistadas.
Un abrazo Ligia :)

Ana dijo...

Que interesante esta entrada Raque. Creo que la competencia es buena porque te obliga a ser mejor es el caso de Arden y Rubistein. Lo que está mal es aprovecharse de los demás como Edison con Tesla, pobre hombre, que maltratado por la comunidad cientifica. Lo de Quevedo y Góngora se entiende un poco, a veces la mofa esconde admiración, sí, suena raro pero creo que sí. lo del caso de las hermanas es mas chocante porque es una "envidia" a todos los niveles, y suena patológico.
Muy buena entrada, me ha gustado mucho.
Besos
:D

Nieves dijo...

Una gran entrada Raquel, muy interesante, aunque es curioso, que de las rivalidades muchas veces han salido grandes cosas, como fue el caso de las hermanas Joan y Olivia, que tras picarse entre si, las dos se llevaron sendos Oscars. Y lo de Tesla lo había oido y la verdad es que es una injusticia que luego los honores se los llevara Edison, en vez de él. Un abrazo,

Raquel dijo...

Gracias Anita :)
En el caso de las dos "ladys" su rivalidad las ayudó a ser mejores, a avanzar; pero también utilizaban trucos sucios, se robaban las fórmulas, aunque en el fondo su enemistad parecía esconder un poco de admiración; ambas salieron adelante sin nada y construyeron empresas que les reportó mucho dinero, y en una época nada fácil para las mujeres.
Lo que hicieron con Tesla no tuvo nombre, pero Edison era más influyente en esa década y tenía dinero para comprar las patentes de sus competidores.
En el caso de Góngora y Quevedo es más bien un juego, o eso parece; una rivalidad a punta de pluma :)
Pero lo de las hermanas... vaya tela, si que se llevaban mal, peor que mal, y siguen en sus trece. Aunque es verdad que los lazos de sangre no siempre garantizan conectar o llevarse bien.
Un beso sister.


Gracias Nieves.
Eso es lo más interesante; la rivalidad de todos estos personajes tuvo buenos frutos, les ayudó a avanzar, a mejorar.
Pobre Tesla, al final murió sin que se le reconociera la radio como invento suyo; una gran injusticia lo que se cometió con él.
Un abrazo :)

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