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10 de diciembre de 2009

Cuenta la leyenda que a comienzos del siglo XIX vivía en Londres un grabador llamado Boerner que, aunque era un reconocido hombre de ingenio, disfrutaba de su soledad lejos de todo el mundo, sobre todo en las fiestas navideñas.
Esta actitud no siempre era comprendida por sus familiares y amigos, que insistían en invitarle en Navidad y Año Nuevo. Incapaz de librarse de tan solicitas peticiones, Boerner tuvo entonces una idea de la que jamás imaginaría sus consecuencias. Y así fue como el primero de enero de 1812, sus parientes y amigos recibieron una sorprendente carta. Dentro había una tarjeta en la que estaba dibujado el propio Boerner en actitud de salir de su casa pero con la capa atrapada en la puerta, que se había cerrado a su espalda. Debajo del grabado había escrito lo siguiente:

Esta es la razón por la que no puedo visitarte este Año Nuevo.

La misiva hizo tanta gracia que el ingenioso Boerner fue disculpado.


No obstante, la reconocida como primera tarjeta navideña no se conoció hasta años más tarde. La propuso el londinense sir Henry Cole en el año 1848. Este caballero, propulsor del arte y la cultura, encargó al pintor John Callcot Harley –autor del “Espiritu de la religión”, que se encuentra en la cámara de los Lores– que grabara en una tarjeta motivos navideños. El artista dibujó tres escenas rodeadas con un marco de hiedra. La del centro presentaba a una numerosa familia de clase media reunida junto a una mesa sobre la que había abundantes alimentos.


Alegando que incitaba a la gula, algunos sectores influyentes criticaron la tarjeta. Una crónica de la época llegó a decir lo siguiente:

“No hay más que contemplar los rostros llenos de satisfacción de aquella familia y los ojos brillantes en los que se refleja la embriaguez de la bebida”

Inmediatamente se encargaron nuevas tarjetas, reemplazando las imágenes de Harsley por otras que mostraban a la Virgen y a Jesús, la mayoría de artistas famosos como Rafael, Fray Angélico o Botticelli.
En 1893 la costumbre recibió la confirmación real cuando la Reina Victoria encargó 1.000 tarjetas a una imprenta británica.
La costumbre de enviarlas en fechas señaladas se ha extendido hasta nuestros días.


Una pequeña muestra de postales navideñas de otros tiempos:






Si quieres ver más Pincha aquí


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Jeje qué gracioso el Boerner. Pienso comentarlo con los peques :)
Me ha gustado mucho conocer el origen de las postales.
Una pena que no se manden tantas como antes, al menos por correo ordinario..hay tradiciones que no se deberían perder,no? :)
MUAKSS!!!

Ana dijo...

Ya conocía esta curiosidad pero me ha gustado leerlo de nuevo. Es verdad que ya no se mandan tantas postales como antes por correo tradicional pero aunque el encanto no es el mismo siempre se agradece recibir una, ¿mo?
Me gustan todas, un beso :)

Ligia dijo...

Me encantan estas historias curiosas, sin duda. No la conocía. Yo todavía sigo con la costumbre de enviar postales de Navidad, a pesar de la Internet y todo eso. Abrazos

Raquel dijo...

La ilusión de recibir una postal por correo no se puede comparar con nada; es mágico el momento de abrir el sobre. Es una pena que se haya perdido esta costumbre tan bonita. No hay nada como oler el papel, la tinta.

Un beso muy grande a las tres.
Buen fin de semana.

Prometeo dijo...

Una bella tradicion a mantener y animar, aunque ahora sean virtuales y a traves de internet.
Lo importante es acordarse de esa persona, ahi esta el detaale, lo bueno, acordarse, unos segundoa, un minuto...recordar a los amigosc ocn cariño aunque solo sea una vez ene l año.
Un abarzo.

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