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15 de agosto de 2008

Nubes en tránsito

La luz de la mañana iluminaba tenuemente la pequeña habitación. Sobre la cama sin hacer una maleta vacía esperaba, olvidada, a que su propietario terminara de decidir cuales de sus escasas pertenencias lo acompañarían en su viaje.
Había descubierto un mundo de pequeños tesoros en los cajones de la cómoda. Tesoros que había olvidado poseer y cuya visión le habían traído a la mente recuerdos muy vividos de días mejores.
Pero todo aquello tendría que quedarse allí.
Con firmeza cerró los cajones, rechazando el sentimentalismo que empujaba en su garganta. Volvió a su maleta vacía y, asomado sobre ella, dejó escapar un suspiro. Le costaba creer que aquel día soñado había llegado. Por fin, después de muchos meses, su sueño empezaba a materializarse. Pero a pesar de la euforia y el entusiasmo de días anteriores, no se sentía tan bien como esperaba. Era un sentimiento extraño, contradictorio, que se agarraba a su pecho como una garrapata y que chupaba sus energías y hasta su alegría.
La puerta de la habitación se abrió y una mujer bajita, cargada con una pila de ropa limpia y doblada, entró trayendo consigo un aroma delicioso a café recién hecho.

-¿No bajas a desayunar?- preguntó dulcemente, acercándose a él. Y dejando la ropa sobre la cama miró con fijeza la maleta vacía. - ¿Aún estás así? A estas alturas tendrías que tenerla lista. Las cosas con prisas no salen bien.- le advirtió. Deseaba sonar tranquila, pero su voz temblaba.

-No sé qué meter. Ponga lo que ponga lo que más quiero seguirá aquí.-dijo sonriente, sujetándola por los hombros cariñosamente.

Los ojos de la mujer se ensombrecieron y ahogando un sollozo se deshizo del abrazo dándole la espalda.

-En la cocina está María. Baja a comer algo mientras te hago la maleta- y metió un par de camisas sobre las que cayeron dos silenciosas lágrimas -; ah, y hazme el favor de despedirte de ella como dios manda que últimamente apenas os habláis.

-Porque está insoportable- contestó risueño, parado ante la puerta.

La mañana se había levantado pero la habitación seguía teniendo el mismo aspecto sombrío y tristón. Aún así la recorrió con la mirada reteniendo en su memoria la disposición de los pocos muebles y aquella figura encorvada que, a pesar de su tamaño, lo llenaba todo.

-Mamá…

-¿Qué?-. Le miró a los ojos, expectante. Tenía un nudo en la garganta y no lograba deshacerlo.

-No es para siempre, lo sabes ¿verdad?- Ella suspiró emocionada y asintió con la cabeza.- Volveré, es una promesa.

Sentada tras la mesa María leía distraídamente una revista y bebía a sorbos un té muy oscuro.

-¡Puaj! ¿Estás enferma?

-No-canturreó ella irritada-. La leche tiene mucha grasa. Es más sano beber té.

-La leche tiene mucha grasa- la imitó engolando la voz.- ¡Cada días estás más tonta!

-Y tú más paleto de pueblo.

-Mira quién fue a hablar.

-Al menos yo tengo clase.

-Oh, será porque te mueves en ambientes tan selectos como el Bodegón Paco y el mercado de abastos del pueblo de al lado.-resopló sentándose frente a ella- ¡Qué mujer de mundo!

-Ahórrate el esfuerzo. Hace mucho que deje de tomarte en serio.- Se puso en pie dejando el té a medio terminar.

-¿Te vas?

-Sí, idiota. He quedado con las chicas. Nos vamos de excursión.

-Ah…- dijo sin poder disimular su decepción- pensé que vendrías al puerto a despedirme.

-Sí, a agitar un pañuelito blanco. ¿No te parece que todo eso son estúpidos formulismos? Eres mi hermano- proclamó-, y te quiero, y claro que te echaré de menos, pero ya. Tanto empalago…- se estremeció.

-Anda, si al final va a resultar que eres hermana mía y todo- dijo sonriéndole- Por mi, mejor. Tampoco me gustan las despedidas.

Terminó de desayunar solo y en silencio. La sensación de que se acercaba el momento de su partida le inquietaba. Supondría un cambio inmediato, palpable e irremediable.

María volvió a la cocina vestida adecuadamente para su excursión, con el pelo recogido en una alta coleta, precedida por ese aire altanero que solía envolverla.

-¿Has visto mi rebeca roja?- le preguntó con impaciencia.-Va a refrescar y no tengo nada que me convine tan bien con esta blusa.

-No-contestó seco.

María dejó de buscar y se detuvo para mirarle fijamente. Entornó los ojos escudriñando su rostro.

-¿Te pasa algo, Manuel?

Aquella pregunta sorprendió mucho al muchacho.

-No.

-Eso no ha sonado muy convincente-comentó sentándose frente a él.

Él dejó escapar una risita sarcástica, y se movió en la silla incorporándose un poco.

-¿De verdad quieres saberlo? Te advierto que puede sonar algo…empalagoso.

Ella sonrió, y asintió lentamente.

-Me voy lejos. Es lo que quiero, pero no sé… eso no me hace tan feliz como esperaba. Tengo un peso aquí dentro- se golpeó el pecho con un puño-, y aquí- dijo dándose una palmada en la frente.

-Son nervios. Es la primera vez que viajas…

-Sí, puede ser- la interrumpió, poco convencido.

-Qué sí, tonto.

Manuel cogió aire por la nariz lentamente y desvió la vista hacía la puerta. Sus ojos parecían ausentes.

-O…-empezó a decir María-, puede ser miedo.

Él la miró con atención, y arrugó la frente.

-La rebeca- dijo entonces, confundiéndola.

-¿Eh?

-Detrás de ti, en el aparador. La rebeca roja.

Ella se volvió y suspiró satisfecha de encontrarla. Se puso en pie, sonriente, para ir en su busca. En el mismo aparador de madera había un gran jarro repleto de enormes y olorosas flores blancas cuyo perfume, algo dulzón, flotaba en el aire anestesiándolos suavemente.

Entonces el sonido de un claxon les sobresaltó.

-Es Luís- anunció, corriendo hacía la puerta con la rebeca en las manos- va a llevarnos a ver no sé qué ruinas famosas. Un aburrimiento; pero nos invita a comer en el parador aquel tan…

-Disfrútalo.

Al escuchar su voz, apagada y sin emoción, se detuvo en seco. Ahora era ella la que sentía un peso en el estómago. Se dio la vuelta y le miró fijamente.

-¿En serio te vas? – Su voz le sonó extraña hasta a ella misma.

Hasta aquel momento no había sido consciente de ello. Pero ahora la certeza era demasiado grande como para no verla. Manuel se limitó a mirarla a los ojos dibujando una media sonrisa. Ella se mordió el labio y bajó la cabeza.

-Bueno, tú ya sabes que vayas a donde vayas siempre seguirás siendo un paleto de pueblo- dijo riendo débilmente.

Se le acercó, indecisa. El claxon había sonado de nuevo pero ella no le hizo caso. En lugar de desaparecer veloz como una gacela por la puerta como solía hacer cuando sus amigos la llamaban, se quedó allí, parada, como pegada al suelo.

-Estás haciendo esperar a Luís.

-¡Qué espere!- exclamó vehemente, con los ojos brillantes-, aún tengo que despedirme de mi hermano.

Olvidándose de lo que habían dicho, se abrazaron efusivamente.

-No te olvides de mamá, ni de mí- murmuró ella.

-Nunca- susurró, y dio un paso atrás, avergonzado. Odiaba dejarse arrastrar de forma tan irracional por sus emociones.- ¡Cuánto azúcar!

-Para llenar dos camiones- convino ella y se alejó cuanto pudo. -Adiós, Manuel- dijo desde la puerta. Y se marchó dejándole sumido en el más ensordecedor de los silencios.

El cielo estaba muy nublado. Desde hacía ocho meses se repetía esa circunstancia en su vida. Días nublados. Nubes bajas, oscuras e inmóviles. Nubes cargadas y amenazantes. Nubes de tormenta.

Paseó por el pueblo como si lo hiciera por primera vez. Miró con ojos nuevos las calles más que conocidas y lo guardó todo, junto a aquellas cosas que deberían ocupar espacio únicamente en su memoria.
Entonces la vio.

-Noelia- la llamó.

Pero ella apresuró el paso y bajó los hombros. Él la alcanzó a pocos metros de distancia.

-¿No me oyes?

Con la barbilla temblorosa y los ojos llameantes, le clavó una mirada desdeñosa que hizo que se sintiera intimidado. Con brusquedad se deshizo de las manos que la aferraban y continuó caminando con ligereza.

-¡Espera!-gritó ansioso- Hoy me voy.

El paso de ella se ralentizó casi imperceptiblemente, pero no se detuvo.

-¡Noelia!- gritó, volviendo a sujetarla de un brazo.

-Haz el favor de soltarme -dijo ella.

-¿Por qué huyes de mi?- le preguntó él, desesperado.

Noelia suspiró pesadamente reprimiendo las ganas de llorar.

-Eres tú quien se va. Y lo entiendo. No todos tenemos la oportunidad de escapar de esta prisión.

Manuel le miró fijamente. Deseaba acariciarla, besarla por última vez, pero había demasiado resentimiento en sus palabras.

-¿Me entiendes de verdad?- Sus ojos vibraban, ansiosos.

-Tuve ese mismo sueño. Ser libre, completamente libre.

-Si tú quisieras, yo…

Ella cerró los ojos un instante; cuando habló su voz sonó lejana, resignada.

- No puedo, y nunca te pediría que te quedaras.

La acarició tembloroso. Le latía muy fuerte el corazón.

-Tienes casi veinte años. Dentro de nada serás viejo. No podría soportar que me reprocharas el haberte retenido aquí. Lo lamentarías, y a la larga yo también. El amor debe ser generoso.- musitó, reprimiendo un sollozo-. No comprendía eso hasta hoy, hasta ahora.

Y besándole los labios suavemente echó a correr perdiéndose de vista.

-¡Noelia!

Las nubes plomizas se cernían sobre él. No se movían. Parecía que nada lo hacía.

Cruzó el jardín con la maleta en una mano, con el miedo que no quería reconocer latiendo en el corazón, con la vieja y nueva euforia de días pasados, con la extraña y desconcertante sensación de que aquellos pocos pasos lo estaban alejando irremediablemente de algo que nunca podría recuperar aunque quisiera, y aún así, con toda la decisión de su pocos años.
Antes de que pudiera traspasar la verja alguien se le acercó.

-Manuel, hijo…

Al volverse sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La persona más importante de su vida le miraba con los ojos brillantes. La abrazó fuertemente y besándola en la frente recogió de sus pequeñas manos una de aquellas flores blancas y olorosas de la cocina.

Sólo se había alejado unos metros cuando sintió que alguien lo llamaba, y al girarse se encontró con María, que lo miraba risueña agitando un pañuelo blanco en una mano. Sonriendo sin poder evitarlo le devolvió el saludo y continúo, alejando de si la tristeza. A lo lejos las nubes se abrían.
Al doblar en la esquina los ojos de Noelia lo detuvieron. La luz entró a borbotones por la herida abierta del cielo.
Sujetó con calor sus manos; y abrazándola, guardó su imagen. Las fuerzas renacían en su interior.

Y partió, mientras a lo lejos las nubes avanzaban.

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