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25 de enero de 2013

Mudar la piel

La cinta aislante pegó los dos extremos de la caja y toda su vida quedó sumergida en una oscuridad claustrofóbica. Al levantar la vista del suelo, donde había estado arrodillado recogiendo trastos y otros enseres, se topó por primera vez con su nueva realidad. Durante aquellos tres días ajetreados y extraños de mudanza no había mirado la estancia ni una sola vez. No la había mirado con los ojos. La había recorrido  como un autómata sin ser consciente de que había iniciado una cuenta atrás. Al verla así, desmantelada, con las paredes desoladas, el corazón le dio un vuelco en el pecho. Algo lacerante perforó sus pulmones y se quedó sin aliento, desmadejado sobre las cajas que contenían los últimos treinta años de su vida, como si su energía, lo que impulsaba sus músculos y le hacía sostenerse en pie, se hubiera vaciado a través de aquella herida abierta. Sin saberlo había estado borrando sus huellas y el pasado que desde hacía semanas nublaba su cabeza.

Tenía que volver a empezar pasado el ecuador de su vida y sintió tanto miedo que no pudo moverse. Así lo encontró su asistenta unos minutos después.
—¿Ya ha terminado? —le preguntó, sin detenerse a observarle.
—¿Quién está terminado?
—No, que si ha terminado con las cajas —repitió y está vez se detuvo a mirarle.
Lo vio hundido, titubeante, con la vista perdida, y el rostro lacio y cetrino lleno de confusión.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, y diligentemente se acercó para echarle una mano.
Las rodillas le crujieron, y  al recuperar la verticalidad se mareó un poco.
—No me asuste, no tiene buena cara. ¿Quiere sentarse un rato?
Pero al mirar alrededor cayó en la cuenta de que no había sillas.
—¿Qué le parece ahí? —improvisó, acercándole al único mueble que quedaba en la habitación, un precioso buró con el barniz descascarillado.
—No, por dios, no. Estoy bien, es que…
—Ya, no hable. Le han dejado solo esos hijos suyos, sabiendo como sabían que se mudaba usted.
¿Por qué tenía que sacar el tema? Ya era bastante doloroso de por si como para que cada dos por tres le restregara por la cara la situación. Ella se dio cuenta de la metedura de pata y trató de quitarle hierro al asunto.
—Bueno, mejor así. “Cuanto menos bulto más claridad”, que se dice. De todas formas, y perdóneme que se lo diga, no le han salido muy trabajadores que digamos. Prefieren la fiesta, salir hasta las tantas…
—Venga, recoja esas cajas y llévelas al furgón —la cortó de malas formas.
—Sí, sí, yo sólo soy una mandada, faltaría más… —dijo bregando con una enorme caja de cartón rotulada con la palabra “libros”.
Antes de desaparecer por el pasillo la escuchó rezongar entre dientes un “con mirar a otro lado no se arreglan las cosas”. Sintió que aquellas palabras cruzaban el aire impulsadas como por un tirachinas e impactaban en su pecho. Tenía razón. Pero admitirlo no le hizo sentir mejor.
Estaba solo, dolorosamente solo. Tenía cincuenta y ocho años, tres hijos, una casa que debía vender, un divorcio a cuestas que le estaba amargando la existencia, y la agria sensación de que lo había hecho todo mal.
Era un fracaso. Le parecía doloroso pensar que todo el contenido de su vida cabía en unas cuantas cajas. Cosas materiales que, en realidad, le importaban muy poco.
Miró el buró y se acercó para moverlo del sitio. Llevaba allí la friolera de veintiocho años y nunca se había movido, ni siquiera para pintar las paredes. Se resistió al principio, como un viejo que ha sido arrancado abruptamente del sueño y se niega a ponerse en pie. Lo empujó y, con un crujido, como lo habían hecho sus rodillas minutos antes,  el descascarillado escritorio se movió unos centímetros.
—Tampoco quieres irte de aquí ¿eh?

Empujó de nuevo y las patas delanteras cedieron. El mueble se precipitó al suelo y él a punto estuvo de seguirle. Mirando con reproche el carcomido montón de madera encontró, escondido en una de las ranuras, un pequeño trozo de papel.
Al desdoblar la hoja, la herida abierta de sus pulmones, por la que se había esfumado su aliento y sus fuerzas, se hizo un poco más grande. Siguió el trazo elegante de la caligrafía de su mujer y leyó con la garganta palpitante el mensaje escondido hacía casi treinta años. Cuando terminó se quedó sumido en una pena amarga. Tragó la bola de miedo, de soledad y frustración, y sintió que la nube de su cabeza se disolvía.
La mujer que había escrito aquello ya no existía. El hogar que había tenido ya no existía. La persona que había sido, la persona confiada y feliz, esperanzada y optimista, ya no existía. Y al reconocerlo sintió que sus heridas comenzaban a cicatrizar. No podía retener algo que estaba muerto. Así que comenzó a aceptarlo. Y una especie de serenidad recompuso su rostro. Mudó su piel como la serpiente que se deshace de la suya cuando se le queda pequeña. Dio un paso y esta vez no titubeó. Dejó allí, abandonado a su suerte, los restos de su antigua dermis.
Cuando su mujer llegó a la casa horas después se topó con el frío pedazo de piel. De entre las maderas sueltas y astilladas recogió el papel que ella misma había escrito y los ojos se le llenaron de lágrimas.

“Para mi misma, cuando me encuentres.
14 de enero de 1984.
Escribo esto para decirle a mi yo futura lo indescriptiblemente feliz que me siento hoy. Además de comprar este hermoso buró, en el que espero escribir las cartas más cariñosas a mis amigos, he descubierto algo que me llena de alegría y también, aunque menos, de miedo. Hoy me han dicho que estoy embarazada. Dentro de muy poco vamos a ser una familia. No se lo he dicho aún, estoy esperando el mejor momento, pero sé que se sentirá tan ilusionado como yo.
Le quiero tanto, le necesito tanto, que me da miedo pensar que algún día no esté a mi lado. Nunca voy a dejar de amarle, antes me muero. No se lo digo muy a menudo, y él tampoco a mí, pero sé que me corresponde igual o más. Y sé que por mucho que pasemos, por mucho que el tiempo nos trasforme nunca conseguirá alejarnos. Siempre estaremos juntos, pase lo que pase. Ojalá que cuando leas esta nota, mucho, mucho, mucho tiempo después la alegría que sentiste hoy siga brillando en tus ojos.
Ojalá la onda expansiva de esta felicidad llegue hasta ti, mi yo lejano, mi yo futuro”


5 comentarios:

Ligia dijo...

Triste historia para los dos, pero la vida hay que tomarla como viene.
Abrazos

Ana dijo...

Impecable relato Raquel y muy bueno. A veces nos cuesta entender que cambiamos, que nada es para siempre, pero así son las cosas.
Un besote
:D

Raquel dijo...

Así es, hay cosas que más vale aceptar para poder ser feliz. Lo que no puede ser, no puede ser.
Un abrazo Ligia, gracias por comentar mi relato.


Gracias Ana. Cambiamos, cada día, es inevitable. Yo lo único que pido es hacerlo a mejor y que esos cambios no se lleven partes buenas de mi.
Un beso grande, gracias por pasarte por este desván cada día más desierto.

Carol Torrecilla García dijo...

Qué gran escritora eres, Raquel.
Me has dejado totalmente impresionada. Y también pensativa.
Eres de la clase de escritoras que nos enseñan a pensar. Gracias por ello.

Raquel dijo...

Gracias Carol, me alegra mucho que te guste el relato, me gustó mucho escribirlo, casi como si saliera solo de mis dedos.
Gracias a ti por leerme y darme tu opinión :)

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