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19 de septiembre de 2009

Intima perversión

Durante gran parte de su vida había fantaseado con la idea de matar a otra persona. A veces se sorprendía a si misma ideando la manera más efectiva de cometer un asesinato. Pero no un asesinato cualquiera. El asesinato perfecto.
Un día la ocasión se le presentó sola.

Desde hacía varios años compartía con su mejor amiga —aparte de kilos de más y estado civil; ambas estaban separadas— paseos y boletos de lotería. Un día el boleto que compartían salió premiado y Cándida vio clara la oportunidad de hacer realidad sus sueños más perversos: Matar a su amiga para quedarse ella con el premio.

No tuvo que pensar mucho, había estado esperando aquella oportunidad toda la vida. Así que Cándida halló rápidamente el modo de hacerlo. Su amiga Regina era una apasionada de lo esotérico. Acostumbraba a encender velas aromáticas y le gustaba la meditación. Solía, también, quemar inciensos. Cándida sabía que su amiga sentía una predilección especial por la esencia de canela. Aquel día, animada por la idea de cobrar en solitario el boleto premiado, Cándida cambió el frasco de incienso líquido de Regina por otro que contenía un gas tóxico. Cuando Regina encendió el quemador, y añadió con cuidado dos gotitas de aroma, el gas invisible al olfato empezó a hacer su efecto. Regina murió asfixiada sin darse cuenta.

Cuando se descubrió el cuerpo habían pasado muchas horas. La vela del quemador se había consumido, y en el aire no quedaba rastro de olor. Había sido un crimen perfecto. Nadie lo sabría nunca y Cándida se sintió profundamente satisfecha.
Como Regina tenía algunos problemas asociados a su obesidad su muerte se atribuyó a esta circunstancia. Simplemente, su corazón se había parado.
Se celebró el entierro al que acudieron los dos hijos de Regina y una desconsolada Cándida. Los dos chicos, desechos, no podían creer que su madre hubiera muerto tan de repente. Pero allí estaba Cándida, siempre dispuesta y atenta.
Con gran cariño los consoló y acompañó al piso de Regina, donde además de prepararles infusiones para los nervios, recogió el frasco delator de incienso líquido y el quemador, que guardó a buen recaudo en el bolso.


Los días pasaron y Cándida se sentía eufórica. Había sido tan fácil…nadie había sospechado nada, ni siquiera la policía. Los vecinos de Regina comentaban con cierto regocijo su muerte. Censuraban sus kilos de más y lo asfixiada que llegaba siempre a su casa, un cuarto piso sin ascensor. Parecía claro que la muerte de Regina se había debido a causas naturales.
A Cándida sólo le quedaba cobrar el boleto en cuanto tuviera ocasión, sólo que empezó a volverse paranoica. Todo había salido bien, sin embargo ella sentía un miedo constante del que no lograba desprenderse.
Temía que la descubrieran e ir a la cárcel. Cuando miraba a los que la rodeaban sentía como si éstos lo supieran, como si pudieran leer en sus ojos el horrendo crimen que ella había cometido. El miedo se acentuaba cada día sin que existiera un motivo real para ello.
Sentía una presencia a su alrededor día y noche, como si el fantasma de su victima la acechara desde las sombras de su habitación. Empezó a tener pesadillas, y ese estado de ansiedad permanente afectó a su vida diaria.
Como no dormía no rendía en el trabajo. Se deterioró mucho en pocos días, pero aquel nuevo aspecto le proporcionó, curiosamente, el semblante ojeroso de profunda pena que requería la situación. Todo el mundo achacó su mal aspecto a la tristeza que sin duda le debía haber causado la repentina muerte de su amiga.

Cándida se sentía enferma. Había cometido un crimen perfecto pero nadie podía felicitarle por ello. Nadie podía alabar su astucia y su inteligencia porque nadie lo sabría nunca. ¿Y de qué valía haber cometido un crimen como el que ella había cometido si nadie podía reconocérselo? Empezó a fantasear con la idea de confesar, de entregarse voluntariamente, de gritar a los cuatro vientos que ella, nadie más que ella, había asesinado a su mejor amiga. Pero siempre que estaba a punto de hacerlo se echaba atrás. Más que el temor al no ser reconocida, Cándida sentía verdadero pavor a ir a la cárcel.

Habían pasado dos meses desde el asesinato. Durante aquel tiempo intentó en varias ocasiones cobrar el boleto premiado, pero el miedo la atenazaba. Estaba segura de que si lo hacía sospecharían de ella, a pesar de que nadie sabía que las dos amigas compartían afición a los juegos de azar y muchos menos que compartían boleto.

Cada vez que salía de casa dispuesta a cobrar el boleto alga pasaba. Una vez a punto estuvo de ser atropellada en plena calle, y la otra vez se cayó por unas escaleras rompiéndose un pie. Como mujer supersticiosa que era empezó a creer que aquel dinero, en el caso de que algún día tuviera valor para cobrarlo, le traería mala suerte.
Y en eso pensaba mientras subía a su piso ayudada por su asistenta.

—Tiene muy mala cara, doña Cándida. Es mejor que se eche un rato en el sofá. Le bajaré un poco la persiana.

Cándida, agradecida, se recostó pesadamente.

—Así—dijo la asistenta colocándole un cojín debajo del yeso—. Descanse y no piense en nada ahora.

Los calmantes para el dolor habían adormecido a Cándida que cerró los ojos, exhausta.
La asistenta se llevó el bolso y la chaqueta de la mujer para guardarlos en el armario.
Regresó poco después con una manta y el frasco de esencia, que se había deslizado del bolso abierto cuando ésta se disponía a guardarlo. Primero la arropó con mimo y luego, dándose cuenta de que no había traído el quemador, fue en su busca, depositando sobre la mesita el frasco de canela. Cándida jadeó ligeramente, dolorida. Cuando la chica volvió recogió el frasco de aroma, encendió la vela del quemador y echó dos gotitas.

Esto le ayudará a relajarse, pensó complacida.

—Doña Cándida, le he preparado la comida de mañana, está sobre la encimera enfriándose. Acuérdese de meterla en la nevera o se echará a perder.

—Gracias, Ana. No sé que haría sin ti —dijo, sintiéndose por primera vez en muchos días totalmente relajada.

—No hay por que darlas, y hágame el favor de descansar. Buenas tardes.

La esencia de canela flotaba en el aire. Cándida respiró profundamente, rumiando las palabras de la chica.
Tiene razón, pensó. No sé por qué me preocupo; y sonrió alejando de si el pesimismo. Nadie lo sabrá nunca, murmuró. Nadie lo sabrá nunca.


8 comentarios:

Prometeo dijo...

Se da lo que, mas tarde, se recibe...ojo por ojo, diente por diente...el azar o la ciega justicia...
Buen relato, buen final.
Un abarzo.

Raquel dijo...

Gracias Prometeo. Esa era mi idea cuando lo escribía. El karma, el azar, lo de que uno recibe lo que da.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

:O Muy bueno, si. El destino..porque si hubiese cobrado las perras, no hubiese tenido paz ni felicidad.
Muy interesante Raque.
MUAKSS!!!.

NoSurrender dijo...

la mejor solución para cometer el crimen perfecto, no ir a la cárcel y que todo el mundo se maraville... es escribierlo como tú :)

Enhorabuena, asesina. Te ha salido perfecto.

Besos.

Malena dijo...

Se me ocurre aquello de que quién a hierro mata a hierro muere, por si las moscas jamás haré una quiniela con nadie.

Un beso, Raquel.

Raquel dijo...

Gracias, Sara. Sí, si hubiera cobrado el dinero no lo hubiera disfrutado. Cándida no pensó en que el punto débil de su plan era ella misma y sus "fantasmas".
MUAKSS :)


:)) Muchas gracias, NoSurrender.
Besos.


Es verdad ese dicho, quien a hierro mata a hierro muere. La justicia divina. Yo, por si acaso, tampoco comparto loterias ni quienielas con nadie, nunca se sabe.
Un beso.

Ana dijo...

No existe el crimen perfecto, porque el factor humano siempre nos traiciona, los sentimientos, como el temor, el arrepentimiento, el miedo a ser juzgado por los demas y que sepan de lo que somos capaces de hacer por el vil metal, es lo que nos desarma para que confesemos o nos descubran. Para matar hay que ser muy frío.
Buen relato. Besitos :)

Ana dijo...

P.D. Se me olvidó añadir algo.
"Nadie lo sabrá nunca", pensaba.
No importaba demasiado porque lo peor es que ella si lo sabía y eso le perseguía. Como dicen el destino es muy gracioso, si no se hubiera guardado las pruebas del crimen nunca hubiera muerto o no de esa manera. Así que si alguna vez cometes un delito, ya sabes, ¡deshazte de las evidencias!
(jeje que ruín)

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