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4 de febrero de 2011

Provocación

Hasta el despacho llegaba el sonido amortiguado del gentío. Era un murmullo estridente e indefinido que retumbaba en las paredes haciendo vibrar los cristales de las ventanas. Había decidido levantarme para echar un vistazo cuando vi aparecer tras la puerta, sudoroso y despeinado, al pobre vigilante.
—Se lo dije, pero usted insistió. ¡Demasiada fe ha puesto en estas bestias!
—¡Si hace un segundo todo estaba en paz!
—Hasta que entró Severiano con la tropa. Sólo le ha faltado traer antorchas para prender fuego. Pero no se preocupe que ya se las apañaran para hacer de las suyas. Por lo pronto cuando he ido a poner orden me ha cogido de la chaqueta de muy malos modos y me ha retado a intentarlo. Como comprenderá no voy a poner en juego mi cuello por algo que ya se venía venir. Este lugar no está preparado para estas cosas. Mucho progreso, muchos tiempos modernos, pero no dejamos de ser unos paletos que se escandalizan a la mínima. Y añádale a eso las ganas de bulla que tiene el amigo. Le ha faltado tiempo para liarla. Así están las cosas —y se dejó caer en la silla frotándose el cuello— o sale usted conmigo o llamamos a los bomberos por lo que pueda pasar. Pero yo solo no vuelvo.
—Venga, razonaremos con ellos.

Ya no cabía un alfiler en la sala de exposiciones, y por todas partes se escuchaban, elevándose unas sobre otras, voces que clamaban al cielo.
“¡Qué poca vergüenza!” ”¡Donde pueden verlo los niños!” “¡A saber qué clase de pervertido ha pintado tamaña vulgaridad!”.
Cuando me abrí paso hasta la pared donde colgaba el cuadro, Severiano, dos metros de fibra y músculo, me frenó poniendo de barrera su brazo.
—¿Es usted el responsable de esto? —escupió con asco.
—Sí —dije, empujando aquella mole de acero para colocarme delante del cuadro que tanto revuelo había provocado—. ¿Hay algún problema?
—Puede haberlo si no quita eso de una santa vez.
—No va a poder ser.
—¿Y eso por qué?
—La exposición permanecerá abierta al público hasta el cuatro de abril. Así se ha acordado con los artistas que han cedidos sus obras y reproducciones.
—Eso si tiene obras para colgar.
—¿Qué quiere decir?
—Que no vamos a tolerar ciertas cosas en este pueblo. Usted será de la capital, pero esto no es Madrid, ni Barcelona, y aquí nos regimos por otras normas.
—Me parece muy bien, pero este es mi museo, ¿lo comprende? Si no le gusta lo que ve ahí tiene la puerta.

El primer golpe me rozó la mandíbula pero logré mantenerme en pie. El segundo me partió el labio y tuve suerte de que la multitud que se agolpaba allí frenara mi caída. Severiano se lanzó a por mí, pero el providencial golpe seco de una porra lo dejó sin sentido. El vigilante apareció a mi lado y tirándome de un brazo me gritó que corriera hasta la puerta de atrás. No recuerdo cómo llegué a la calle, ni el momento justo en que llegó la guardia civil para desalojar la sala de exposiciones. Una hora después, a salvo dentro de la sala vacía, con el labio como una morcilla de Burgos y el cuerpo hecho puré, apareció mi jefe, el verdadero dueño del museo. Tenía el gesto serio y nada más cruzar el umbral, sin interesarse por el estado del pobre vigilante que lucía un impresionante ojo a la virulé, me citó en su despacho. Antes de cruzar la otra puerta que conducía a la parte de atrás, se detuvo a observar el cuadro torcido que había provocado aquel escándalo con evidente sorpresa.
Una vez en su despacho intenté disculparme pero él me cortó.

—Cuando me dijo que iba a organizar una exposición con reproducciones de grandes artistas pensé que se refería a cuadros como Los Geranios de Van Gogh, las Meninas de Picasso o la Monalisa de Velazquez, pero esto ha sobrepasado los límites de lo aceptable. ¿Cómo se le ocurre colgar la imagen de un…de unos…de…
—Creí que a estas alturas de los años setenta las cosas se iban a entender de otra forma. No es la primera vez que colgamos cuadros de desnudos.
—Sin embargo esto es otra cosa, es pornográfico, obsceno, es…ofensivo.
—Esa fue la idea del artista.
—¿Provocar? ¿Y eso es arte? Quizás dentro de treinta años todo se entienda de otra forma, y hasta nos hagan creer que una pintada en una pared es una muestra de talento, pero hoy por hoy no. Una mujer del pueblo vino a contarme, totalmente escandalizada, que su hijo se había escapado de clase para ver la exposición que montamos. No lo entendí hasta que vi, hace unos minutos, el cuadro y…
—La vagina. Llámelo por su nombre. No es estético pero el arte no…
—Sí, todo lo que usted quiera pero tengo que despedirlo. Es un milagro que no haya ocurrido nada más grave a pesar de la nueva cara que le han hecho.
—¿Y puedo preguntar por qué?
—¿Pero aún tiene la cara de preguntarlo?
—¡Es qué no comprendo el motivo!
Él suspiró mirándome atentamente.
—Después de lo ocurrido la gente quiere ver la cabeza de alguien sobre una bandeja, y no va a ser la mía. Bastante hago con poner el dinero, el local y permitir todas sus chifladuras. Pero esta ha sido la última. Mañana mismo busco un sustituto que se haga cargo de la sala.
—Si esa es su decisión no tengo nada que decir —dije poniéndome en pie—, pero yo sólo quería traer un poco de cultura y…
—Provocación. Ya; no se me haga el mártir.
—Sólo una última cosa, ¿no quiere saber cuanta gente visitó la exposición hoy?
—¿Cuánta?
—250.
—¿250 visitantes?
—Y eso que, por motivos obvios, cerramos una hora antes.
—Pero si…
—Y todos han pagado entrada. La semana pasada tuvimos suerte de que nos visitaran ocho.
—¡250 visitantes y todos han pagado entrada!
—Es una verdadera pena que haya que suspender la exposición. Supongo que las madres de la asociación de vecinos se alegrarán de saber que por fin hay hueco para sus tapices de punto de cruz con imágenes de la semana santa.
—Un momento.
—¿Si?
—Bueno, no…no vamos a precipitarnos. Estamos en pleno s. XX y las cosas no pueden resolverse en caliente. Mañana será otro día y…
—Y contrataremos a más seguridad.
—Y subiremos el precio de la entrada. No podemos arriesgarnos a que unos energúmenos…
—Y será un éxito. Hoy no ha podido ir mejor.
—Y por fin podremos sacarle rentabilidad a este lugar…
—Porque no hay nada como la provocación…
—Provocación… Me empieza a gustar la palabra.


PD: El cuadro al que se hace referencia en el relato es "El origen del mundo", de Gustave Courbet. Dicho cuadro escandalizó durante años a gran parte de la sociedad por considerarlo pornográfico, tanto así que durante años permaneció oculto. Desde 1995 se expone en el museo de Orsay. Pero inicialmente, cuando empezó a exhibirse, se tuvo que colocar una vigilancia especial en la sala, por temor a las reacciones del público.


Imagen: Franklin McMahon.

6 comentarios:

Ligia dijo...

Muy bueno el relato. Tal vez sucedió tal cual lo cuentas. Y es que el cuadro en cuestión es sencillamente provocativo. Abrazos

Raquel dijo...

Lo es, y no me extraña que durante tantos años se ocultara al publico. Gracias, Ligia.
Un abrazo :)

Ana dijo...

Jaja, que bueno, morbo, eso es lo que vende. Y que enterado el dueño del museo, se ve que sabe mucho de arte: los geranios de Van Goh, la monalisa de Valsquez...
Me ha parecido un relato fresco y ágil, y divertido. He ha encantado leerlo.
En cuanto a Courbet si que era osado, pecado que parece que pagó con su cuadro que permaneció oculto. ¡Cuánto pavor da la anatomía humana, eh!
Un beso
:)

Ana dijo...

P.D. Escribí mal Velasquez, mis dedos no dan de si, jaja

Zhivago dijo...

Curioso relato, Raquel, y bien estructurado.

En cuanto al cuadro en sí, yo diría que aparte de poder provocar, algo tendría que ver también con la estética ¿no?

Claro que, puestas así las cosas, de ser nombrado obligado censor y aquí entre nosotros, más hubiera acudido yo a la excusa de la estética mundana que a los golpes de pecho.

Un beso

Raquel dijo...

Gracias, Ana. El morbo vende más que el talento ya te lo digo yo. Me alegra que te haya gustado y lo hayas encontrado ágil; lo escribí muy rapido y creo que se nota.
Courbet sabía que no iba a ser un cuadro de exposición, de eso se aseguró; y como buen provocador que era dio en el clavo.
Un beso grande.



Gracias Zhivago.
Si, eso también; no tiene una estética, digamos, agradable.
Un saludo.

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