

Algo bello es un goce perpetuo. Palabras que contienen la esencia de la película. Una película simplemente bella, sosegada, luminosa. Con momentos perfectos y evocadores. Encuadres llenos de luz y poesía gracias a una preciosa fotografía, quizás lo más destacable de la película junto a su extraordinario diseño de vestuario y una banda sonora delicada y ligera. Una película que, a pesar de su duración, se desliza suavemente sin hacer mucho ruido, de forma sutil y reposada. Una historia de primeros amores.
Aunque me gustó, sobre todo por las maravillosas imágenes, la historia que narra Jane Campion es demasiado contemplativa y no traspasa. Demasiado contenida. Aunque en la sinopsis ponga a Keats como protagonista, la verdadera protagonista es ella, la apasionada y vital Fanny Brawne, a la que da vida la actriz neozolandesa Abbie Cornish. De ella conocemos sus anhelos, su deseo, su necesidad sin límites, su rebeldía, mientras que él se muestra más lejano, sus sentimientos menos expuestos, menos visibles. Él es el poeta pero ella es la poesía. Por eso, por toda la sutileza que se derrama en cada fotograma, esta es una película que sólo sabrán apreciar aquellos que sientan su sensibilidad a flor de piel; aquellos que valoren silencios y miradas, puestas de sol y estrellas fugaces, campos bañados por la luz del atardecer, mariposas atrapadas en tarros de cristal, cortinas ligeras mecidas por el viento, manos que se buscan, que se encuentran, que se detienen en pliegues, que disfrutan de las texturas de la vida, de sus contornos, de sus aristas. Porque esta es una película tan llena de romanticismo que no se puede hablar de otra cosa. No hay otra cosa. Tal vez eso sea suficiente para compensar su ritmo lento, de abstracción, o tal vez no.
Personalmente creo que hay tanta perfección en las imágenes que la historia se queda en un segundo plano; la directora se deleita tanto en la belleza que se aleja de las pasiones de los protagonistas y estos se quedan descolgados. No se llega a profundizar del todo en su relación, porque Campion se contenta con ofrecernos fragmentos dispersos sin profundizar en ellos. Esto juega en contra de su protagonista, interpretado por Ben Whishaw, que como dije más atrás se ve distante, en un papel no demasiado consistente. En ese sentido el papel de Mr. Brown, interpretado por Paul Scheneider, tiene muchos más matices. Es un personaje que se aleja mucho de mi concepto de atrayente, de hecho su personaje es bastante odioso, pero es el contrapunto necesario a la protagonista, y quien da sabor a esta película algo sosa. También me gustó mucho, por la ternura de su papel, la niña Margaret “Toots”.
Esta es una película de detalles, de silencios, de esperas, de amor y dolor, de distancia y pérdida. Una película que ofrece muchas cosas, y aunque su excesiva formalidad empaña su brillo la recomiendo a todos los que aman el romanticismo y la poesía.
Mas curiosidades sobre las latas:
El abrelatas fue inventado 44 años después de la aparición de las primeras latas de conservas, por lo que hasta ese momento se utilizaban todo tipo de instrumentos para abrirlas. Los soldados británicos de aquella época abrían sus latas con bayonetas, navajas, e incluso con disparos de fusil.
Antiguamente las latas de espárragos blancos usaban estaño para la soldadura de juntas y en la composición de la lata. El líquido de gobierno ( como se conoce al caldo donde vienen sumergidos) atacaba el estaño y se formaba cloruro de estaño, óxido de estaño y otros compuestos de estaño. Al oxidase antes el estaño que el espárrago aumentaba notablemente su periodo de conservación, otorgándole un sabor especial al espárrago. Cuando las latas empezaron a barnizarse por dentro surgió el problema de la oxidación del espárrago. A partir de ese momento se incluyeron sales de estaño en la composición del líquido de gobierno del envasado de espárragos.
En el siglo XIX Napoleón Bonaparte se encontraba en la campaña de Rusia cuando una hambruna diezmó las tropas de Napoleón debido a la dificultad de hacer llegar víveres a zonas tan lejanas, esto hizo que Napoleón ofreciese una recompensa de 12.000 francos a aquel que hallase “un método para mantener los alimentos largo tiempo y en buen estado”. Nicolás Appert un investigador francés al que se le otorgó el título de “Benefactor de la Humanidad” halló en 1803 un método para conservar alimentos por calor en recipientes herméticamente cerrados, consiguiendo con esto la recompensa de los 12.000 francos.
En un principio las latas se sellaban con soldadura de plomo, material de alta toxicidad. Famoso fue el caso de la expedición ártica de John Franklin en la que la tripulación fue víctima de envenenamiento, después de consumir alimentos enlatados durante tres años.
En 1900 se produjeron tan sólo en Estados Unidos más de 700 millones de latas. George Orwell definió la lata de conserva como un arma más mortífera que una ametralladora. Según este escritor inglés, sin esta invención no se habría podido llevar a cabo la Primera Guerra Mundial.
Andy Warhol convirtió la lata de conserva en un objeto de arte. En los años 60, este artista de arte pop pintó todas las 32 clases de latas de sopa marca Campbell´s. Sobre todo en Estados Unidos la lata se volvió la esencia del consumo americano. Era más confiable la verdura en tarro que la fresca del jardín.
“El hombre no está hecho para la derrota; un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.
Hace unas semanas vi Origen, la última película de Cristopher Nolan y Leonardo DiCaprio. He dejado pasar unos días para que mi mente asimilara lo que acababa de ver, pero ni por esas. No me da pudor confesar que no entendí demasiado, que anduve algo perdida en algunos — ¡muchos!— de los minutos que duró la película. Quizás es que estaba un poco empanada en el momento en que la vi, que todo puede ser, pero el caso es que ni mucho menos me pareció la maravilla que dicen que es. Dentro de su género destaca, no se puede negar. Pero sin embargo a mi personalmente no me ha llenado demasiado, quizás es que tenía altas expectativas porque había leído muy buenas críticas. Aún así debo aclarar que no es del estilo de películas que yo suelo ver, al menos últimamente, y que aunque mis gustos no se decantan hacia este estilo de cine disfrute la película, sobre todo de los impresionantes efectos especiales que te dejan sin respiración.
Y es que para ver Origen debes tener la precaución de tomarte una pastilla para el mareo si no quieres acabar dando más vueltas que un piojo. La trama es un laberinto de varios niveles que van intercalándose entre si y que hacen que por segundos una angustiosa sensación de asfixia nos invada. Es inevitable sentirse algo oprimida ya que dentro de esos niveles todo está planificado hasta el milímetro. Nunca sabemos a ciencia cierta si lo que vemos es un sueño, o es realidad, o si se mezclan ambas cosas. Es agotadora y te estresa. Es decir, es una de esas películas en la que parece que tienes que ir tomando apuntes para no quedar como una tonta si alguien te pregunta a la salida del cine si has entendido algo de lo que acabas de ver. Bloc de notas y ojos bien abiertos para que no se te escape ningún detalle oculto o implícito. Sinceramente no es el plan que yo busco cuando voy al cine. Sinceramente cine, CINE, así en mayúsculas es otra cosa. Esto es espectáculo, un espectáculo muy ruidoso, con imágenes realmente sorprendentes, muy surrealistas, inmejorables, pero sinceramente no es CINE. Lo siento por los críticos que la ponen por las nubes, no estoy nada de acuerdo. Tal vez cuando vuelva a verla y vea cosas que se me pasaron por alto cambie de idea, o me de cuanta que es una película con fondo y trasfondo, pero por el momento sigo opinando que tras la explosión de efectos especiales hay poca chicha. Creo que una de las cosas que van en contra de la película es su duración, demasiado extensa. Su densidad hace que sea desesperante, sobre todo en su parte final con ese coche cayendo al vacío durante unos minutos interminables.