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10 de julio de 2013


Son las galletas más vendidas del mundo, y, aunque no lo aparentan, tienen ya 101 años de existencia. Fue un 6 de marzo de 1912 cuando la National Biscuit Company, conocida popularmente como Nabisco (Mondelēz International Inc.), puso en circulación una nueva galleta, creada con el propósito de convertirse en la competencia  directa de otra galleta muy similar lanzada al mercado en 1908 con el nombre de Hydrox. Las dos marcas mantuvieron durante años una férrea contienda, hasta que en 1996, después de haber registrado importantes pérdidas frente a Oreo, la Hydrox tuvo que echar el cierre.
En el año de su lanzamiento, Nabisco ofreció dos versiones de su galleta Oreo, la original que todos conocemos con el relleno de vainilla, y otra con merengue de limón. La original era la más popular y la preferida del público, y en 1920 Nabisco decidió suspender la fabricación de su otra variedad de limón.
Desde entonces hasta la actualidad la galleta Oreo se ha convertido, no sólo en el producto de confitería estrella de los americanos, sino en todo un icono a la altura de la Coca Cola.
La forma actual de las galletas que todos conocemos, dos galletas circulares de chocolate con un relleno dulce blanco (normalmente denominado "crema", aunque técnicamente no lo es) aplastado entre éstas, fue desarrollado en 1952 por William A. Turnier. Inicialmente su aspecto era bastante abultado, lo que explica el origen de su nombre; en griego “oreo” significa colina.


Más
 
Existen muchas variedades de Oreo. En su centenario la compañía sacó una edición limitada de galletas Oreo en forma de tarta de cumpleaños. Otras variedades especiales de los últimos años han incluido "triple doble", té verde, arándanos, dulce de leche, yogurt de fresa, con cobertura de chocolate blanco o negro, crema y café, crema y menta, oreo dorada, minis Oreo, helado Oreo, galletas con crema de colores; se venden en ciertas épocas del año (naranja en Halloween, rojo y verde en Navidad, azul y amarillo durante la primavera, etc.).

Las Oreo se usan en infinidad de recetas de repostería.

El 13 de mayo de 2003, el abogado Stephen Joseph entabló una demanda contra Nabisco por usar aceites hidrogenados, o parcialmente hidrogenados, para hacer las galletas. La demanda fue retirada porque Nabisco decidió reemplazar los aceites hidrogenados por aceites alternativos.

La relación de galleta con respecto a la crema de una original Oreo es 71% a 29%.

Si colocáramos en fila sobre el ecuador todas las Oreo que se han fabricado desde 1912 éstas podrían dar la vuelta a la Tierra unas 381 veces aproximadamente. Igualmente podrían viajar a la Luna y volver alrededor de 5 veces.

La receta original tenía grasa de cerdo entre sus ingredientes.  La manteca de cerdo fue el ingrediente clave de su relleno de crema.

En determinadas comunidades afro-americanas se utiliza el término "oreo" para designar peyorativamente a quienes imitan a los blancos, siguiendo el paralelismo de las galletas que son negras por fuera y blancas por dentro.

Se venden en más de 100 países. En términos de ventas, los cinco primeros son los EE.UU., China, Venezuela, Canadá e Indonesia. En algunos países, como China, la compañía matriz de Nabisco, Kraft, reformuló la receta para atraer a los consumidores.

La mayoría de sus campañas publicitarias se refieren a la técnica para comerla. Estos son los pasos a seguir: coger un vaso con leche, sumergirla en su totalidad un par de veces, opcionalmente abrirla para lamer la crema, y finalmente llevarla a la boca.

La galleta Oreo es después de la Big Mac de McDonald's, el producto de alimentación más vendido en el mundo. Anualmente se venden en el mundo 20.000 millones de unidades de galletas Oreo.

Oreo cuenta con una comunidad en Facebook de más de 27 millones de seguidores en todo el mundo.

 

5 de julio de 2013

Aplicad la lógica


Tuve un profesor de Física y Química que era un guasón y muy buen profesor pero el pobre era tremendamente despistado. Siempre se le olvidaba cerrar la espita del gas, o llegaba media hora tarde porque no se acordaba que le tocaba dar clase, y cosas así. Era un despistado de marca mayor, pero como era un chistoso todos le apreciábamos mucho, y él a nosotros igual, pese a que en nuestra clase el número de suspensos alcanzaba cifras escandalosas.
Él nos hacía las clases demasiado divertidas y por eso no le tomábamos muy en serio.
“Aplicad la lógica” nos decía desesperado cuando nos veía atascados en un problema de fácil solución, pero eso nos sonaba a Filosofía, y esa sí que era una materia que aborrecíamos profundamente y que nos sonaba a chino mandarín.
Entonces, para abrir nuestras obtusas mentes, nos contó una anécdota que nos hizo reír a todos. Por no utilizar la lógica había pasado la mayor vergüenza que se puede pasar.
A mediados de los años ochenta mi querido profesor era un estudiante de primer año, y como vivía lejos de la universidad no había tenido más remedio que compartir piso con una chica. Para hacer la convivencia llevadera tenían unas “normas”; el que primero llegara al piso se encargaba de hacer la comida.
Como siempre estaban a dos velas, no tenían dinero para ir a comer fuera a pesar de que los menús para estudiantes eran baratos. No sé cómo lo hacía, pero mi profesor siempre se libraba de cocinar.
Un día cuando volvía de la universidad se encontró a  su compañera de piso en el pasillo, sentada en el suelo y con cara de desesperación.

—¿Qué pasa?

—¡Pues nada!, que la puerta no abre. Llevo media hora intentándolo y no hay manera, ¡mira! —gritó girando compulsivamente la llave en la cerradura.

—¿Qué no abre?! , ¡Cómo va a ser eso! Anda trae, déjame a mí.

Pero la puerta no abría.

—Pues no abre.

—Prueba con tu llave.

—¡No!, tampoco abre. ¡Joder! ¿Y ahora qué hacemos?

Llevado por la impotencia mi profesor empezó a aporrear la puerta con puños y pies.

—¡Pero qué haces, loco! ¡No ves que es una puerta de madera maciza!

—Ya lo veo, ya… —entonces una idea luminosa transformó su rostro—. ¿Tienes una horquilla?

—Sí.

—Un minuto, a ver…

Pero minutos después la cosa seguía igual. 

—Déjalo MacGiver. No vas a poder abrirla.

—Tú tranquila que ya verás que la abro. Tiene que haber una manera de abrir esta condenada puerta…

—Sí, con una llave, pero la llave no gira.

—A ver, a ver, casi lo tengo… ¡Mierda! ¡Se rompió!

—¿El qué?

—La horquilla se ha roto y se ha quedado dentro…. ¡Mierda! ¡Joder! ¡Me cago en todo lo que se menea!

—Qué bonito vocabulario.

—¡Joder, joder, joder!

Decía dando patadas furiosas a la puerta.

—¡Cuánta violencia! ¿No ves qué la puerta no se puede defender? ¡Abusón!

—¡Ay! Pero qué graciosa que eres.

—Sólo me lo tomo con humor. ¿Es que quieres que llore?

—No, pero un poco de ayuda no vendría mal

—Vale, si es que en realidad no lo hemos probado todo —dijo aproximándose a la puerta. Y aclarándose la voz dijo—: Puerta bonita, ¿quieres abrirte? ¡Anda, no seas tonta y ábrete! ¡Ábrete hermosa, ábrete de una vez! ¡Por favor! Venga, ¡Ábrete  Sésamo! ¡Ricura mía! ¡Qué bonita eres, qué relucientes pomos tienes! ¡Y esa mirilla que da gusto verla! Y esas vetas de la madera tan bien colocadas, y ese color cereza que no hay otro igual en todo el edificio…

Riendo se sentó junto a mi profesor.

—Con amor tampoco se abre.

—Utilicemos la lógica… ¿Tienes unas pinzas?

—No, pero tengo otra horquilla. 

Y los dos tuvieron que reírse sin ganas, con impotencia, al borde del ataque de nervios, mientras sus tripas cantaban porque entre tanto se les había hecho tardísimo.

Consiguieron sacar la horquilla con las uñas pero el problema continuó, porque por algún motivo inextricable e incompresible no había forma humana de abrir la condenada puerta haciendo girar la llave.

Tuvieron que llamar a un cerrajero con todo el dolor de su alma.

El cerrajero vino al momento y les preguntó qué sucedía.

—Es la llave, no gira. Llevamos dos horas intentándolo y nada. Mírelo usted mismo.

Y el cerrajero hizo lo que le pedían. Giró la llave y  para sorpresa de los dos la puerta se abrió como siempre.
Resulta que mi profesor y su compañera de piso  habían estado girando la llave para el lado que no era.
Fue un momento vergonzoso para los dos, sobre todo por las estridentes carcajadas del cerrajero cuando cayó en la cuenta de que aquellos dos pánfilos habían estado dos horas haciendo el tonto.
Y es que a veces nos empeñamos neciamente en girar las cosas para el lado que no son. Nos bloqueamos y perdemos todas nuestras energías sin pararnos a pensar que si no es así, será asá, pero que es estúpido empeñarse en lo que no da resultado, en lo que no abre nada.
Siempre me gustó aquella anécdota de mi profesor porque de forma muy gráfica revelaba una gran verdad. Tenemos que tomarnos nuestro tiempo para pensar, y no empecinarnos si las cosas no van.
Muchas veces pienso en aquel profesor cuando miro a mí alrededor y me doy cuenta de que somos nosotros los que complicamos las cosas fáciles.

No sé si consiguió abrir nuestras mentes o hacernos pasar un rato divertido, pero… siempre que a alguien se le resiste la llave en una cerradura no puedo evitar reírme recordando a ese profesor despistado que tan buenos ratos nos hizo pasar con una asignatura que casi todos considerábamos hueso y que terminó convirtiéndose en la más entretenida y enriquecedora.

2 de julio de 2013

La calzada de los Gigantes

 
 
Cuenta una leyenda celta que dos gigantes, el irlandés Finn, y el escocés Benandonner, se enfrentaban continuamente. Tal era su rivalidad que Finn, el gigante irlandés fue arrojando sobre el mar enormes piedras para construir una calzada que le permitiera cruzar y enfrentarse a su imponente enemigo, pero fue Benandonner quien aprovechó para cruzar al otro lado. Cuando la mujer de Finn vio llegar al gigante escocés decidió proteger a su marido disfrazándole de bebé. Al ver Benandonner al supuesto bebé huyó horrorizado, pensando que si el bebé tenía ese tamaño su padre debía ser tres veces más grande. Al huir tan precipitadamente pisó muy fuerte las rocas y éstas se hundieron en el mar; de esta forma impidió que el enorme gigante irlandés le siguiera hasta Escocia.
 
 
La Calzada de los Gigantes se encuentra en la costa nororiental de la isla de Irlanda, unos 3 km al norte de Bushmills en el Condado de Antrim, Irlanda del Norte. Esta área contiene unas 40.000 columnas de basalto provenientes del enfriamiento de la lava en un cráter hace unos 60 millones de años.
 
El proceso geológico de formación de columnatas basálticas es relativamente simple: la lava incandescente se enfría in situ cuando el volcán cesa su actividad eruptiva. Este rápido enfriamiento da origen al basalto, que es una roca cristalina, aunque con una presión mucho más débil que la que soportan las rocas ígneas que dan lugar a la formación de granito a mayores profundidades.
A medida que el basalto va formándose disminuye su volumen y se forman prismas generalmente hexagonales cuya separación compensa la disminución de su volumen. Posteriormente, la erosión actúa primero sobre las rocas de los alrededores debido a que el basalto es mucho más resistente, quedando al descubierto dichas columnas.
 
 
Lo curioso de estas columnas es que van descendiendo a medida que se acercan al mar, de ahí que se considere una calzada por donde los gigantes de la leyenda podían pasar de una isla a otra. Además la mayoría de columnas tienen forma hexagonal tal y como ocurre con las calzadas antiguas de caballería. En la costa escocesa situada apenas a 14 millas (22 km) se pueden encontrar también algunos restos de columnas.
 
 
La calzada de los gigantes fue descubierta en 1693 y declarada Patrimonio de la Humanidad en 1986. Sin embargo, hasta fines del sigo XIX, el aislamiento de la costa de Antrim impidió que la gente pudieran conocer las bellezas de este fantástico lugar.
 
 
En la Calzada de los Gigantes también habita flora y fauna. Los mamíferos más comunes son determinados roedores, aves y fauna marina. Igual de interesante es la amplia variedad de peces. Hay una gran abundancia de bacalaos, tiburones, caballas y congrios. En las mismas formaciones rocosas se forman piscinas naturales, muy bien protegidas, que dan cobijo a cangrejos y a langostas. Su clima templado ha favorecido una abundante y variada flora, aproximadamente unas 930 especies, las más características son los brezos, el trébol, los arbustos de retama, la festuca y las orquídeas de vivo colorido, así como las plantas carnosas que no dan flor.
 
 

24 de junio de 2013

En muchos países es costumbre colocar sobre una tarta de cumpleaños tantas velas como años cumpla el homenajeado para que éste las sople. Pero ¿de dónde procede esta tradición? ¿Por qué se soplan las velas?
La teoría más extendida se remonta a la Grecia clásica, donde se realizaban fiestas, en noches de Luna llena, en honor a la diosa Artemisa. En estos festejos se colocaban velas sobre dulces redondos con el objetivo de proporcionar al dulce el aspecto luminoso de la Luna, pero también con la idea de conectar con la divinidad a través del humo que las velas desprendían tras ser sopladas. Los griegos creían que con este ritual, Artemisa proporcionaba protección a quienes participaran en la ceremonia.
Más tarde, el rito fue censurado por el cristianismo por considerarlo una práctica pagana. Con el paso del tiempo, fue diluyéndose el significado primario del acto y su práctica comenzó a asociarse a la esperanza de ver cumplido un sueño o deseo. Hacia el siglo IV, el cristianismo dio su beneplácito a la tradicional práctica.

20 de junio de 2013

Omelete, de Madeline Sharafian


Podría decirse que Madeline Sharafian es una novata en esto de la animación. Omelette es su segundo proyecto profesional, pero nadie lo diría viendo el resultado. A mí me ha conquistado por su simpleza y sus dosis de ternura. Y es que la historia de este perrito, que espera ansioso el regreso de su amo, agotado tras una larga jornada de trabajo, es de lo más emotiva. ¡Cómo no vamos a querer a nuestras mascotas, con lo que nos cuidan! :)

Espero que te guste.


18 de junio de 2013

Sarah Jaffe



Sarah Jaffe nació hace  26 años en la ciudad de Denton, Texas. Además de cantante es compositora. En el 2008 lanzó un EP , elogiado por la revista Rolling Stones, pero no fue hasta el 2010 que sacó su primer álbum, Suburban Nature. Sarah,  que se había mostrado como una cantautora del folk más tradicional, empezó a ganarse el reconocimiento musical norteamericano al demostrar que es capaz de reinventarse y ser versátil. En 2011, sólo un año después de su primer album,  publica The Way Sound Leaves a Room, un EP en el que su sonido evoluciona desde el folk hacia el rock. Tras este disco, y de nuevo un año despues, en abril de 2012,  Sarah Jaffe publica The Body Wins. El sonido de su nuevo trabajo fluctua entre el hip hop y la música electrónica. En  esta nueva transformación Sarah Jaffe contó con el apoyo del productor John Congleton, quien ha colaborado con bandas independientes como los Explosions In The Sky o The Walkmen.
 

12 de junio de 2013

20 Cosas a las que no nos resistimos:

 
 
Suelen ser redondos, a veces luminosos, y un reclamo totalmente irresistible para cualquier dedo que se precie. Están en todas partes; nos abren puertas, nos cambian de color los semáforos, nos llevan a las plantas más altas de cualquier edificio, y hasta son capaces de lanzar misiles al espacio. Los botones son apetecibles y nos rodean. Allá donde miremos nos topamos con ellos y pocas veces nos resistimos a apretarlos una y otra vez. Nuestra obsesión por ellos es tan grande que los hemos convertido en vitales para nosotros. Son imprescindibles en nuestra vida cotidiana. Y si no, piensa detenidamente en lo que has hecho hoy y te darás cuenta de que desde que ponemos un pie en suelo hasta que nos vamos a dormir convivimos con ellos; el botón del microondas; los del móvil; el botón de encendido de un ordenador; el botón del mando del coche; el del televisor y así un largo etcétera. Los botones nos abren mundos, nos dan libertad, nos ponen en hora, nos calculan lo que nuestra mente no es capaz, nos dan calor y frío, nos dan las puntaciones más altas en nuestros videojuegos favoritos. Son el mejor señuelo para nuestros dedos.
 
Las cosas brillantes nos pirran, y si además podemos jugar con ellas ¿qué más podemos desear? Las hay de lápiz, de esas que caben en un bolsillo, y las hay enormes, de esas que traen dos pilas grandes y cuadradas, que tienen un alcance de tropecientos metros y compiten con el sol en fluorescencia. Grandes, pequeñas, negras, amarillas, plateadas o con radio incorporada. Las linternas se ven amenazadas por la luz de los móviles, pero a pesar de esta competencia desleal siguen siendo una tentación imposible de sortear. Si caen en nuestras manos es inevitable que dirijamos su luz a cualquier rincón oscuro; inevitable hacerla oscilar de un lado para otro, clicar intermitentemente para hacer señales Morse, y hasta creernos Luke Skywalker con su sable láser, por no hablar de las sombras chinescas.
Una linterna es un juguete muy útil cuando se va la luz; además de evitar que nos tropecemos con los muebles, su luz proyectada sobre una pared se convierte en el mejor y más barato entretenimiento.
 
 
 
No podemos evitarlo. Es ver un tierno y regordete bebé en su cunita, e inmediatamente quedamos poseídos por el espíritu de voz de pito, perdemos el sentido del ridículo, y hasta la capacidad de hablar. Y nos lanzamos a hacer cucamonas agitando los brazos, diciendo “gugú, nené, babá”, nos atrevemos incluso a hacer pedorretas y otras tonterías con la ilusa intención de comunicarnos con ellos. A veces funciona y este peculiar lenguaje tiene sus frutos, una sonrisa o una espontánea carcajada, pero en la mayoría de los casos lo que logramos es un buen berrinche, y que los pobres bebés nos miren como preguntándose ¿de qué manicomio habrá salido éste?
 
Siempre hay alguien que lo intenta (y lo consigue), y es por eso que algunas veces, muchas, la tarta que ha estado en la nevera esperando su momento de gloria llega a la mesa mancillada, con la marca de un dedaco en uno de sus laterales. Algún glotón ha caído en la gran tentación de probarla antes de tiempo. Pero ¿cómo culparle? Reconoce que tú también lo harías, y que resistirse a ese bocado dulce y celestial es, casi, casi, una misión imposible.
 


 
No es de buena educación chupar la copa al terminar el helado, como tampoco rebañar pan en la salsa, comer con las manos, sorber la sopa y todos esos estrictos protocolos que sólo sirven para coartarnos y dejarnos con las ganas de disfrutar de la comida como debe ser. Hay que tener mucha voluntad para no pecar, al fin y al cabo no vivimos en un palacio ni compartimos habitualmente mesa con miembros de la realeza, así que ¡qué más da! Todos lo hemos hecho alguna vez, y reconoce que te ha sentado bien, te ha sabido hasta mejor. Es como abrir un yogurt, o una natilla, y no lamer la tapa; nadie en su sano juicio desperdiciaría esos apetecibles restos que quedan en el envoltorio.
 
Ver su níveo resplandor entre nuestra cabellera nos acelera el corazón, nos dilata las pupilas, y nos detiene la respiración. Es como si atrajera fulminantemente a la vejez y de un plumazo se llevara la lozanía de la juventud. Una cana es la constatación del paso del tiempo, de que se va una parte de nosotros que nunca volverá. Con su aparición aparece también una arruguita de preocupación. ¿Una cana a mi edad? ¿Me hago mayor tan pronto? Arrancarla es el paso siguiente, instintivo en todo ser humano. Al hacerlo es como si te quitaras un peso de encima. Vuelves a respirar con normalidad, te miras al espejo y parece que has rejuvenecido y todo. Como si ese pequeño pelo blanco nunca hubiera existido.
 


 
Desde lejos lo ves pasar de verde a ámbar e inmediatamente te sube por la espalda un escalofrío; una sensación de urgencia. Y pisas el acelerador. No piensas que pueda ser una temeridad saltártelo, sabes que tienes pocos segundos antes de que el disco rojo aparezca, pero continúas con el pie hundido en el pedal. Es un reto, una emoción nueva al margen de tu rutina diaria. Puede que estés sobrepasando el límite de velocidad, pero qué más da. Puede que haya un radar escondido, pero que más da. Puede que una de esas cámaras de tráfico te esté acechando, pero qué más da. Un disco amarillo no es uno rojo, así que sigues. Y sabes que no te va a dar tiempo a llegar. Sabes que lo sabías desde unos cien metros atrás, y aún así te lo saltas. Lo has hecho, y te sientes bien, has ganado unos pocos segundos pero en realidad te parece que has ganado una batalla.
 
Bloc en mano vas recorriendo los pasillos del supermercado tratando de aprovechar las ofertas cuando, al girar en una esquina, la ves. Sonrisa estática, pelo planchado, uniforme almidonado, y entre sus manos una bandeja repleta de productos para degustar, y totalmente gratuitos. Te quedas pesando si acercarte sin más o deambular primero por allí, así, como si no te hubieras dado cuenta. Mientras tú te lo piensas ves aparecer un grupo de clientes que compiten entre ellos para ver quien llega antes a la tentadora bandeja, como si sus carros fueran las cuadrigas de Ben Hur. En un segundo la pobre azafata se queda sin productos que ofertar, y tú sin nada que probar.
Siempre pasa. No hay nada más irresistible que una bandeja, un puesto o un stand con comida o bebida gratuita. ¡Qué nos lo digan a los españoles! Que nos lanzamos de cabeza cuando escuchamos la palabra gratis.
 


 
Un plus añadido cuando compramos algo y abrimos la caja en casa es encontrar papel de burbujas envolviendo el artículo. Es difícil aguantarse las ganas de apretar esas pequeñas bolsitas de aire que explotan haciendo ¡pop! Una vez que empiezas, aunque lo desees, no puedes parar, es más adictivo que comer pipas.
 
No tenemos necesidad de hacerlo, confiamos ciegamente en nuestra pareja, pero si por un casual deja su móvil abandonado y a nuestro alcance el impulso de mirarlo se volverá insoportable, parece que con su luz parpadeante nos llama para que nos acerquemos y lo hagamos. Nos negamos, nos resistimos, pensamos en el derecho a la intimidad, en que no estaría bien hacerlo… y en que tampoco estaría mal. Si no tienen ningún secreto para nosotros ¿por qué les va a importar que cotilleemos sus contactos, que leamos sus mensajes o que espiemos sus conversaciones de guasap? Venga, admite que alguna vez lo has hecho, y que aunque hayas querido sentirte culpable no has podido. Mirar el móvil de tu pareja tampoco es tan malo, ¿no?
 


 
Se le llama intención paradójica. Si alguien te dice ¡no mires!, mirarás. Es lo mismo que si alguien te pide que durante diez segundos, con los ojos completamente cerrados, no pienses en elefantes rosas. Tu mente actuará de manera contraria y hará precisamente lo que le han ordenado que no haga, es decir, mirar o imaginar un elefante rosa. Por eso es totalmente imposible resistirse a esa orden. Si quieres que alguien no mire algo, señala para el lado contrario.
 
Puede decirse que es un acto reflejo, como cerrar los ojos cuando el agua nos salpica, o estirar una mano si vemos caer algo. Nuestro instinto de supervivencia se pone a funcionar y le da igual a quien se lleve por delante. Si tropezamos con el bordillo de la acera nuestras manos caerán, literalmente, sobre nuestro sufrido acompañante, que también se verá empujado con desmedida fuerza al suelo.
 


 
Dice la tradición que quien lo encuentre gozará de buena suerte todo el año. Ante tan buenos augurios de prosperidad es difícil resistirse y no mirar bajo el bizcocho. Casi tan imposible como no asegurarse, al ir a cortar el roscón, de que el trozo premiado nos cae a nosotros, así como sin querer. Y es que hay cosas que no podemos dejar en manos del azar.
 
Hay veces que parece que el dado juega en tu contra. Todos avanzan y llegan a las casillas finales con facilidad, y tú atascado; no te sale un seis ni dibujándolo con plantilla. Unas cinco casillas más arriba de donde te encuentras está la ficha roja, la última ficha roja que le queda a tu petulante contrincante, tan orgulloso de tener cuatro fichas ya en casita. Y te ha salido un cuatro. La tentación es tan irresistible que no te lo piensas. Cuentas cinco, te la comes y la mandas de vuelta al limbo. Tranquilo, nadie se ha dado cuenta.
 


 
Podría decirse que es otro ejemplo de intención paradójica, pero no. No es que nuestra mente haya actuado de forma contraria a lo que se le ha ordenado, en realidad nuestra mente nunca ha visto ese cartel, al igual que otros muchos carteles repartidos por ahí que son invisibles para nosotros. No aparcar, no entrar, no tocar… En realidad los vemos, están ahí, incluso los leemos, pero incumplir las normas nos gusta. La emoción que nos reporta es un chute de endorfinas sólo comparable a la satisfacción que nos da comer chocolate.
 
Si hay veces que no estamos seguros de habernos explicado incluso hablando nuestra lengua materna, imagínate cómo se complica la cosa cuando nos vemos obligados a hablar una lengua que no dominamos del todo bien. Queremos hacernos entender, ponemos mucha voluntad, y unos cuantos decibelios de más. Cuanto menos sepas un idioma más gritarás para hacerte comprender, testado científicamente.
 
 
Algo le pasa al mando de la televisión; está mustio, apagado, reacciona con lentitud, incluso hay veces que no responde a nuestras órdenes. Tiene los ánimos bajos. Tal vez tenga la gripe, o una de esas depres estacionales, o sencillamente necesite cambiar sus pilas gastadas por otro par de órganos nuevos. Nos resistimos a hacer la operación, y el trasplante se va quedando en la lista de pendientes. En realidad lo olvidamos completamente, y sólo lo recordamos cuando queremos cambiar de canal y vemos que no va. Lo azuzamos, lo apretujamos, casi le damos un masaje cardiaco, y hundimos el índice con fuerza en sus teclas. Al fin reacciona. Se nos ha quedado el dedo sin sangre pero no importa. Nuestro moribundo mando vivirá un día más.
 
Alguien ha pasado unos minutos eligiendo el papel más vistoso de la tienda, escogiendo un lazo a juego e imaginando nuestra cara cuando veamos el papel plegado con habilidad formando una doblez impoluta en las esquinas, ¿y nos importa? En realidad no. Un regalo es un objeto muy bonito, pero su gracia, digan los que digan los de Ikea, no está en el exterior sino en su interior. Y para llegar al interior es inevitable rasgar el exterior. La emoción de abrirlo, de descubrir lo que hay dentro ¿cómo se puede contener eso? Absolutamente imposible.
 
 
Estamos dándonos una ducha y el olor reconfortante del gel nos hace salir del embotamiento que nos ha producido el agua caliente. Es un perfume tan embriagador que nos sentimos borrachos. Llena nuestras fosas nasales con una tonelada de flores silvestres, con la fragancia de una selva de helechos, y el frescor de la menta y el limón. Miramos la etiqueta para comprobar sus componentes y empezamos a leer, y la voz que nos sale, proyectada en las paredes azulejadas, resuena con una música especial; como si fuéramos los locutores de un anuncio. Seguro que te ha pasado; y es que es imposible leer la etiqueta de un bote de gel, champú o similar sin que ocurra.
 
Es espontáneo y suele seguirle un sentimiento de culpa de intensidad variable; a más daño más remordimiento. No está bien reírse de alguien cuando se cae pero… es una situación muy propicia a la risa, para qué negarlo. No sé sabe por qué pero una caída graciosa, las de hacerse puré están descartadas, pone en marcha un mecanismo automático que hace imposible contener, incluso, la más leve carcajada.

3 de junio de 2013

Extra Cine XLII



El vuelo

En “El vuelo (Flight)”, Whip Whitaker (Denzel Washington) es un experimentado piloto de avión que consigue realizar un milagroso aterrizaje forzoso salvando a casi todos los pasajeros de un vuelo. Después del accidente, Whip se convierte en un héroe, pero según se va desarrollando la investigación, van surgiendo muchas preguntas sobre lo que sucedió exactamente.

Leyendo la sinopsis no queda duda de que todo el peso de la trama recae sobre su actor principal,  un creíble y entregado Denzel Washington; lo mejor de la película junto con las impresionantes imágenes del aterrizaje.
En una palabra, El vuelo es Denzel Washington. Su interpretación consigue mantener el interés, aunque la lentitud del desarrollo de la cinta empeña su encomiable esfuerzo. Porque la principal pega que le encuentro a El vuelo es su duración, y sobre todo la  dispersión en la que cae tras su increíble arranque con las imágenes del avión cayendo en picado; a destacar unos efectos especiales muy logrados.
Los primeros minutos de la película prometen pero después va perdiendo fuelle lentamente hasta que el peso de todo su metraje cae, también en barrena, en sus agotados espectadores.
Aunque no puedo considerarla una mala película, en absoluto, me quedó una sensación extraña tras verla. Quizás no me llegó a tocar la fibra; y  sin dejarme del todo indiferente, tampoco consiguió engancharme, quizás por esa atmósfera gris y deprimente que respira la película, y porque conviene verla con un buen nivel de ánimo para que no te arrastre con ella. Aún así notable el trabajo de Denzel, en este crudo retrato sobre las adicciones y su capacidad para anularnos como personas. Recomendada. 5,7



 
Un lugar donde refugiarse

En “Un lugar donde refugiarse”, Katie Feldman llega a una pequeña localidad costera llamada Southport, en Carolina del Norte, con la intención de rehacer su vida de una manera tranquila. Alquila una vieja cabaña y consigue un trabajo como camarera en el café local, cuenta con la esperanza de pasar desapercibida. Pero a pesar del casi impenetrable muro emocional que ha creado para protegerse, se siente atraída por el cariño y la consideración genuinos de esta pequeña y unida comunidad, especialmente del dueño del supermercado, Alex, que es viudo, y sus dos hijos pequeños. Katie empieza a confiar de nuevo en los demás. Alex y su pequeña prole le enseñan a vivir de nuevo las alegrías del amor. Pero las cosas no son tan sencillas como parecen y su felicidad reciente se ve amenazada por los secretos que le siguen atormentando.

No es la primera adaptación cinematográfica de una novela de Nicholas Spark que veo, así que puedo decir que estoy curtida en este tipo de narraciones, que suelen tener un mismo denominador común, una historia de amor.
Suelen estar plagadas de mucho romanticismo de bolsillo. Como por ejemplo: paseos en barca o en bicicleta por idílicos parajes; excursiones a la playa en días nublados; improvisadas cenas donde él, un recurso que siempre nos gustará a nosotras, cocinará descalzo una receta aprendida de su abuela; culminando con la indispensable y siempre apasionada escena de amor bajo la lluvia, o en su defecto ante una chimenea encendida.
Hacía la mitad aparecerá el elemento desestabilizador, y obligatorio, con la incursión del tercer miembro del triángulo; es decir, la ex pareja de ella con pasado turbio, que ha estado rastreándola por medio país hasta encontrarla. Lo que propiciará otra de las escenas indispensables made in Nicholas Spark, en la que uno de los miembros del triángulo, no importará cual, se encontrará en serio peligro de palmar.
Acompañando a los protagonistas un surtido gracioso o insípido de secundarios; a saber: niña sabelotodo, viejo sabio, vecina amiga y mentora, etc; que hacen bulto sin entorpecer o interferir en la trama principal.
En todas las adaptaciones  de sus novelas que se han llevado a la pantalla grande, o al menos en las que yo he visto, se repiten estos elementos y casi todas siguen el mismo patrón sin desviarse un poco, y sin introducir nuevos elementos que aporten novedad al conjunto.
En esta ocasión la historia que cuenta es nuevamente previsible y poco original. Con un desarrollo muy flojo y un resultado poco entretenido. Parece hecha con el piloto automático, y para contentar a un público poco exigente. 4
 


Jack Reacher                

En “Jack Reacher”, un pistolero acaba con la vida de cinco hombres y todas las pruebas apuntan a un sospechoso preso. Durante el interrogatorio, éste muestra una nota: «¡Buscad a Jack Reacher!» Comienza entonces una increíble persecución en busca de la verdad, enfrentando a Jack Reacher a un inesperado enemigo cuya destreza es la violencia y que tiene un secreto que mantener.

Jack Reacher es un tipo de acción. Jack Reacher es infalible, está entrenado y tiene una misión.  Jack Reacher no es un héroe. Jack Reacher no malgastará palabras en vano. Jack Reacher es casi cincuentón pero sin despeinarse es capaz de tumbar a cinco veinteañeros más rápidos y en forma que él.
Jack Reacher es  un personaje creado para fascinar. Un tipo duro, al margen de la ley. Un superhombre esquematizado para convertirse en ídolo de masas. Resuelto y astuto, hermanastro perdido de Chuck Norris, en una violenta cruzada contra mafiosos sanguinarios. Pero este falso héroe tiene un tono impostado y artificial, algo forzado, que le resta autenticidad. El personaje, interpretado por Tom Cruise, más que curtido en este tipo de papeles, roza la parodia. Ningún rasgo de su personalidad es original. Al igual que el sobado argumento de este thriller sobre un asesino en serie.
Durante una serie interminable de minutos la acción se encadenará sin tregua, sin dejar lugar al aburrimiento aunque sí al cansancio. Incontables luchas cuerpo a cuerpo, mucha sangre y mamporros, persecuciones y algunos chispazos de interés pero demasiado tenues para trascender entre la morralla de su entramado.
Sólo para amantes del género negro. 5



Los Croods

“Los Croods” es una comedia prehistórica de aventuras que sigue a la que fue la primera familia del mundo mientras se embarcan en el viaje de su vida, cuando la cueva que siempre los ha protegido del peligro se destruye. Viajando por unos paisajes espectaculares, los Croods descubren un increíble nuevo mundo repleto de criaturas fantásticas y su forma de ver la vida cambiará para siempre.
Simpática y entretenida aventura repleta de color para los más peques, sobre una familia de cavernícolas que, gracias al extremado celo del cabeza de familia,  y a su negativa a que su prole se exponga a los peligros que acechan su cueva, incluyendo cualquier inofensivo contacto con el exterior, ha conseguido sobrevivir a sus demás congéneres y ser la  última familia Cromañón de la historia.  Pero una circunstancia inesperada obligará a los Croods a enfrentarse a su mayor miedo, mientras aprenden valiosas enseñanzas sobre la necesidad de adaptarse al mundo cambiante, y también amenazante, que se despliega a su alrededor.
La simpática familia, compuesta por seis miembros a cada cual más carismático, emprenderá un viaje en el que un séptimo y aventurero miembro se les unirá, propiciando a papá cromañón un nuevo dolor de cabeza.
Aunque la película posee un tono muy infantil, el entretenimiento también está garantizado para los más mayores por sus mensajes positivos, su luminosidad y su dinamismo; una cinta repleta de humor blando e inofensivo. Para disfrutar con la familia. 5
 
 

31 de mayo de 2013

Ronald Searle

Ronald William Fordham Searle nació un 3 de marzo de 1920, en Cambridge, Inglaterra. Fue ilustrador y caricaturista; y coautor, junto a Geoffrey Willans, de St Trinian's School y la tetralogía Molesworth. Empezó a dibujar muy pronto, a la precoz edad de 5 años. Con quince dejó el colegio y comenzó a trabajar en el Cambridge Daily News.
Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó en el ejército uniéndose a los ingenieros reales. Publicó su primera tira de St Trinian's School en la revista de arte Lilliput. En enero de 1941 es destinado a Singapur donde pasó la guerra prisionero por los japoneses y en Birmania haciendo trabajos forzados en la vía Siam-Burma (conocida como el Ferrocarril de la Muerte).
En 1947 se casó con Kaye Webb, con la que tuvo a sus mellizos, Kate y Johnny. La década de 1950 fue extraordinariamente prolífica; publicó dibujos para la revista Punch, caricaturas para el periódico Tribune, el Sunday Express y News Chronicle, así como revistas como The New Yorker, Life, Holiday. Además sacó varios libros de St Trinian's School; ilustró libros de Molesworth, también libros de viajes, animaciones para Disney, comerciales, posters, etc. En 1960 ganó el Reuben Award.
En 1961 dejó Inglaterra para instalarse en París, con su segunda esposa, Monica Koenig. En su etapa francesa dedicó más tiempo a la pintura que a las caricaturas, aunque dibujó para el periódico Le Monde y para la revista Siné Hebdo.
Murió el 30 de diciembre de 2011, a los 91 años, dejando tras de si un extenso legado de ilustraciones y caricaturas. Dibujantes como Matt Groening y JTwist han reconocido la influencia que Searle ejerció sobre ellos.
 
Más sobre Ronald Searle en: Ronald Searle
 
















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