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10 de enero de 2018

La música cura

Dicen de ella que es la medicina del alma, y es verdad. La música tiene esa cualidad extraña, consigue modular tu estado de ánimo hasta transformarlo por completo. Cuando una canción te llega, te “toca”,  ya no te abandona. Puede que el tiempo cambie su significado, porque la música cambia contigo, adaptándose a tus nuevas medidas corporales y emocionales, pero una vez que ha sido capaz de remover tus sentimientos siempre formará parte de la banda sonora de tu vida. Siempre estará ahí, hibernando o presente. Es la música que te ha acompañado en las etapas de la vida, con la que reíste o te enamoraste, con la que lloraste, echaste de menos o te emocionaste. Música con la que incluso puedes viajar en el tiempo.
Hace un tiempo leí que la música puede aliviar el dolor de una enfermedad terminal, es capaz de recuperar recuerdos en los enfermos de alzheimer,  tiene un efecto increíble en los fetos dentro del vientre materno y favorece el aprendizaje y la memoria. La música cura.



Escribo estas líneas escuchando una de esas canciones, uno de los “hits” de mi vida. Su melodía me acuna, me hace sentir un poco de melancolía y mucho de nostalgia porque hay tanto de poesía en esta canción de Antonio Vega... Ese ser demasiado apasionado, cansado y frágil, que tenía el coeficiente de Albert Einstein y un talento de otro mundo.
Antonio Vega escribió está canción en un momento en que no se encontraba bien, y aún así consiguió arrancar de la guitarra estos  acordes llenos de belleza y sensibilidad. Porque así era él, se entregaba a todo con pasión, a la vida, a las drogas, pero sobre todo a la música.

Y yo sólo sé que hay momentos en que vuelvo al sitio de esta canción, el sitio de mi recreo, y me siento muy próxima a él, a su forma de rasgar las cuerdas, a susurrar esa melancolía que es capaz de llevarme hacía un lugar bañado por el sol, de espiga y deseo, de silencio, brisa y cordura, de nieve, huracán y abismos... 

 Y escucharla con los ojos cerrados... El sitio de mi recreo.

21 de julio de 2013

Los 90 ¿otra vez?


Hace unas temporadas sufrimos un revival ochentero en toda regla, y si los ochenta volvieron los noventa no iban a ser menos. Parece que en cuestiones de moda todo se recicla y los diseñadores han tomado la década de los 90 como fuente de inspiración.
Si no quieres quedarte desfasado tendrás que rescatar del armario los vaqueros con rotos y las camisas horteras florales que tanto proliferaron en los noventa. 
Aunque admitámoslo, esa no fue una década precisamente  “glamurosa”. Hasta hace nada mucha gente renegaba de ella, y con toda la razón. Estilísticamente hablando fue una período hortera. Y sin embargo, será la perspectiva, pero con qué cariño la recordamos. Ahora evocamos las mallas florales con cariño, las camisas ombligueras fluorescentes no nos parecen tan cutres, y revolvemos en nuestros joyeros buscando aquellos anillos tan chulos con calaveras y cruces que a nuestra abuela le horrorizaban. Pero si quieres dar el pego de verdad, y parecer un “noventero” como dios manda, te aconsejo que sigas leyendo.
¿Te animas a hacer un viaje en el tiempo hasta esa década?



Te acuerdas de…

¿Las Doc Martens?

Si había algo chulo de verdad que los jóvenes debían llevar en los 90 eran unas Doc Martens de colores. Unas originales Doc Martens podían dejarte sin la paga de todo un año pero, ¡y lo qué fardábamos después con ellas puestas!
Botas militares. Normales o en su versión ligeramente más extrema de caña alta. 
Durante los 90 las botas, en todas sus versionas, moteras, militares, con puntera metálica, fueron imprescindibles. Botas con un poco de plataforma y de aspecto agresivo con las que intimidar a cualquier incauto que se topase con nosotros en la misma acera.
El estilo grunge puso de moda el aspecto desaliñado; camisas de cuadros, mugrientas zapatillas converse, vaqueros anchos, rotos y caídos, pelos largos sobre la cara, actitud pesimista, inconformista pero pasiva.
Otra tendencia más radical surgió en esta década, y sus fachas fueron imitadas por un determinado sector de la población con las ideas y las cabezas rasuradas. Fueron los skin heads, -grupo ultraderechista con ideología nazi-, y su malsana influencia llegó a poner de moda el estilo militar; “cazadoras bomber”,  pantalones  de camuflaje o ajustados pantalones pitillo. Estas cazadoras, usualmente negras con el forro naranja, abundaron en los armarios de algunos adolescentes con gustos por la música “bakala”. Las bomber se llamaron así porque eran las que usaban los pilotos de los bombarderos americanos durante la segunda guerra  mundial.



El tejido vaquero, en todas sus versiones, siguió encabezando la lista de prendas vitales en los armarios.
Pantalones vaqueros raídos, descocidos, con tachuelas, agujereados, recortados y rasgados. Esta tendencia surgió en los años 70 como símbolo de rebeldía durante la era punk. La estética grunge se adjudicó como propia la moda de los rotos, tanto en jeans, como en jerséis, chalecos y camisetas.
Existe un precedente en este tipo de ropa. Se llamaban lansquenetes a los soldados alemanes del siglo XVI; estos tenían la costumbre de aprovechar las prendas de los caídos en combate; si les quedaban pequeñas, les pegaban tajos para podérsela poner. Siglos después los artesanos de la moda empezarían a confeccionarlas así.
Fueron muy usuales los vestidos con estampados florales estilo babydoll; el candor de esta prenda se contrarrestaba con el calzado, normalmente botas militares.


En esta década surgió el rap, el hip hop, el grunge, el indie, y la música tecno, pero el pop y el rock siguieron sonando fuerte.
Aerosmith, Bon Jovi, Lenny Kravitz, Sheril Crow, Alanis Morrisette; fueron algunos de los rockeros que más se escucharon durante esta década; el rock siguió conquistando a las masas, sin embargo el pop siguió en la cima,  manteniendo su férrea hegemonía frente a los demás estilos musicales.
Oasis y su Wonderwall, Blur y su There's No Other Way, Iggy Pop y su lust for life, Nirvana y su Smell like teen spirit, se convirtieron en los himnos de toda una generación. Otros grupos prefabricados, como Take That, Backstreet Boys, Spice Girl,  surgieron para revolucionar el panorama musical, caracterizándose por un desmesurado fenómeno fan. 

El suicidio de Kurt Cobain en 1994 puso fin al grunge; un estilo que surgió en EEUU a finales de los ochenta y que  se caracterizada por una profunda apatía y amargura interior. Un desencanto contagioso inoculado en los jóvenes de entonces a través de las letras y el sonido desgarrado de sus guitarras.
En nuestro país “La ruta del bacalao”, movió a cientos de jóvenes que, de peregrinación en peregrinación, recorrían cada “finde” los templos  del hard core y el tecno puestos de éxtasis hasta las cejas. 




Si pasaste tus años “ce” en los noventa te acordarás de revistas como SuperPop, Bravo, o Vale. Un vademécum de adolescencia dividido en secciones y con consejos de todo tipo. También sexuales. Fichas y entrevistas de los actores y cantantes de moda; test, posters, relatos y consultorio. A la SuperPop, la número uno de este tipo de publicaciones, se le debe el termino “carpetera/o”, no en vano suministraron durante años el material para forrar las carpetas de todos los adolescentes de la llamada generación X; una generación perdida, marcada por la desgana, sin nombre ni identidad propia.
En los 90 Internet daba sus primeros y temblorosos pasos, y los jóvenes de entonces encontraban en la televisión sus modelos a seguir. Series como El príncipe de Bel Air, Expediente X,  o Los Simpsons triunfaban y marcaban tendencia.
Y aunque aún no existía facebook ni twitter ni youtube, y los primeros móviles eran ladrillos poco prácticos, existían los videojuegos y videoconsolas,  como la Sega o Nintendo.  Y en 1996 apareció un juguete japonés electrónico llamado “Tamagotchi” que te ponía al cuidado de una mascota virtual a la que debías cuidar para impedir que muriera. Era la primera vez que un juguete permitía la interacción y ello favoreció que se convirtiera en todo un fenómeno a nivel mundial.
Algunos consumidores llegaron a obsesionarse tanto con el juguete que en psicología  surgió un nuevo termino para designar este fenómeno. “Efecto Tamagotchi”, es decir, una dependencia excesiva y emocional hacia maquinas, robots y software en general. (¿Qué dirían ahora de la dependencia obsesiva y enfermiza de móviles que vivimos en la actualidad? ¡Uf!)



Por supuesto el cine también creaba modas. Los 90 fueron los tiempos de la clonación gracias a la oveja Dolly. Steven Spielberg aprovechó la coyuntura mediática e hizo que Jurassic Park ahondara en esta idea. Gracias al ADN de dinosaurio encontrado en un mosquito atrapado en resina estos gigantes extinguidos cobraron vida y le reportaron al director un buen pellizco en las taquillas de todo el mundo.
Matrix, Pulp Fiction, Trainspotting, Titanic; fueron algunas de las películas revolucionarias en la época, cuando ir al cine era una opción económica y accesible a todos los bolsillos.
Los 90 fueron los años de la televisión. En nuestro país surgieron las privadas trayéndonos diversificación pero también telebasura. De la noche a la mañana los gustos cambiaron y los talk show y programas de corazón ganaron la batalla masificándose. 
La década estuvo marcada por dos guerras, la del golfo y la de Yugoslavia.  Y aunque se seguía luchando por erradicar el hambre y otras enfermedades en el tercer mundo, el sida y la desnutrición seguían haciendo estragos entre la población de África.
En nuestro país el terrorismo seguía robando vidas y el asesinato de Miguel Ángel Blanco provocó una marea de manos blancas sin precedentes. El rey del pop caía del trono y la polémica que le rodeó, acusaciones de pedofilia de por medio, destruyeron su carrera.
Fue la época de la Expo de Sevilla y de los Juegos Olímpicos de Barcelona.


La gente seguía felicitándose los cumpleaños cara a cara, y los niños aún jugaban en la calle. Las cabinas telefónicas tenían motivo de ser. Teníamos que ir a revelar los carretes de la cámara para poder ver las fotos de nuestras vacaciones, y no existía el Photoshop para disimular el acné. La belleza aún seguía siendo auténtica, y los cánones creíbles y saludables.
Se puso de moda la realidad virtual, los Drag Queen, y lo latino. Incluso Enrique Iglesias, con su voz de gato atropellado, consiguió hacerse un hueco  en el panorama musical.
Y llegó la amenaza del fin del mundo. El temible efecto 2000, que presagiaba catástrofes y que al final, como suele suceder con estas cosas, quedó en nada.
La verdad es que el cambio de siglo y de milenio fue muy tranquilo.
La década de los 90 quedó atrás, y la olvidamos rápido para recibir a la extraña década del 2000; una década que podría resumirse en los libros de historia con dos enormes ceros.
Y para qué negarlo, lo cierto es que nunca echamos de menos los 90, pero ahora, ahora que su espíritu parece resurgir con fuerza, echamos la vista atrás y tenemos que admitir que lo que vino después no fue mucho mejor…
Será el tiempo que lo suaviza todo, o que en el fondo la nostalgia nos hace ver con más cariño las cosas pasadas.
O tal vez que somos más influenciables y permeables a las modas de lo que creemos.

De moda o no, los 90 fueron, pese a todo, pese a los zapatos feos, la música estridente y Enrique Iglesias, una buena época.

5 de julio de 2013

Aplicad la lógica


Tuve un profesor de Física y Química que era un guasón y muy buen profesor pero el pobre era tremendamente despistado. Siempre se le olvidaba cerrar la espita del gas, o llegaba media hora tarde porque no se acordaba que le tocaba dar clase, y cosas así. Era un despistado de marca mayor, pero como era un chistoso todos le apreciábamos mucho, y él a nosotros igual, pese a que en nuestra clase el número de suspensos alcanzaba cifras escandalosas.
Él nos hacía las clases demasiado divertidas y por eso no le tomábamos muy en serio.
“Aplicad la lógica” nos decía desesperado cuando nos veía atascados en un problema de fácil solución, pero eso nos sonaba a Filosofía, y esa sí que era una materia que aborrecíamos profundamente y que nos sonaba a chino mandarín.
Entonces, para abrir nuestras obtusas mentes, nos contó una anécdota que nos hizo reír a todos. Por no utilizar la lógica había pasado la mayor vergüenza que se puede pasar.
A mediados de los años ochenta mi querido profesor era un estudiante de primer año, y como vivía lejos de la universidad no había tenido más remedio que compartir piso con una chica. Para hacer la convivencia llevadera tenían unas “normas”; el que primero llegara al piso se encargaba de hacer la comida.
Como siempre estaban a dos velas, no tenían dinero para ir a comer fuera a pesar de que los menús para estudiantes eran baratos. No sé cómo lo hacía, pero mi profesor siempre se libraba de cocinar.
Un día cuando volvía de la universidad se encontró a  su compañera de piso en el pasillo, sentada en el suelo y con cara de desesperación.

—¿Qué pasa?

—¡Pues nada!, que la puerta no abre. Llevo media hora intentándolo y no hay manera, ¡mira! —gritó girando compulsivamente la llave en la cerradura.

—¿Qué no abre?! , ¡Cómo va a ser eso! Anda trae, déjame a mí.

Pero la puerta no abría.

—Pues no abre.

—Prueba con tu llave.

—¡No!, tampoco abre. ¡Joder! ¿Y ahora qué hacemos?

Llevado por la impotencia mi profesor empezó a aporrear la puerta con puños y pies.

—¡Pero qué haces, loco! ¡No ves que es una puerta de madera maciza!

—Ya lo veo, ya… —entonces una idea luminosa transformó su rostro—. ¿Tienes una horquilla?

—Sí.

—Un minuto, a ver…

Pero minutos después la cosa seguía igual. 

—Déjalo MacGiver. No vas a poder abrirla.

—Tú tranquila que ya verás que la abro. Tiene que haber una manera de abrir esta condenada puerta…

—Sí, con una llave, pero la llave no gira.

—A ver, a ver, casi lo tengo… ¡Mierda! ¡Se rompió!

—¿El qué?

—La horquilla se ha roto y se ha quedado dentro…. ¡Mierda! ¡Joder! ¡Me cago en todo lo que se menea!

—Qué bonito vocabulario.

—¡Joder, joder, joder!

Decía dando patadas furiosas a la puerta.

—¡Cuánta violencia! ¿No ves qué la puerta no se puede defender? ¡Abusón!

—¡Ay! Pero qué graciosa que eres.

—Sólo me lo tomo con humor. ¿Es que quieres que llore?

—No, pero un poco de ayuda no vendría mal

—Vale, si es que en realidad no lo hemos probado todo —dijo aproximándose a la puerta. Y aclarándose la voz dijo—: Puerta bonita, ¿quieres abrirte? ¡Anda, no seas tonta y ábrete! ¡Ábrete hermosa, ábrete de una vez! ¡Por favor! Venga, ¡Ábrete  Sésamo! ¡Ricura mía! ¡Qué bonita eres, qué relucientes pomos tienes! ¡Y esa mirilla que da gusto verla! Y esas vetas de la madera tan bien colocadas, y ese color cereza que no hay otro igual en todo el edificio…

Riendo se sentó junto a mi profesor.

—Con amor tampoco se abre.

—Utilicemos la lógica… ¿Tienes unas pinzas?

—No, pero tengo otra horquilla. 

Y los dos tuvieron que reírse sin ganas, con impotencia, al borde del ataque de nervios, mientras sus tripas cantaban porque entre tanto se les había hecho tardísimo.

Consiguieron sacar la horquilla con las uñas pero el problema continuó, porque por algún motivo inextricable e incompresible no había forma humana de abrir la condenada puerta haciendo girar la llave.

Tuvieron que llamar a un cerrajero con todo el dolor de su alma.

El cerrajero vino al momento y les preguntó qué sucedía.

—Es la llave, no gira. Llevamos dos horas intentándolo y nada. Mírelo usted mismo.

Y el cerrajero hizo lo que le pedían. Giró la llave y  para sorpresa de los dos la puerta se abrió como siempre.
Resulta que mi profesor y su compañera de piso  habían estado girando la llave para el lado que no era.
Fue un momento vergonzoso para los dos, sobre todo por las estridentes carcajadas del cerrajero cuando cayó en la cuenta de que aquellos dos pánfilos habían estado dos horas haciendo el tonto.
Y es que a veces nos empeñamos neciamente en girar las cosas para el lado que no son. Nos bloqueamos y perdemos todas nuestras energías sin pararnos a pensar que si no es así, será asá, pero que es estúpido empeñarse en lo que no da resultado, en lo que no abre nada.
Siempre me gustó aquella anécdota de mi profesor porque de forma muy gráfica revelaba una gran verdad. Tenemos que tomarnos nuestro tiempo para pensar, y no empecinarnos si las cosas no van.
Muchas veces pienso en aquel profesor cuando miro a mí alrededor y me doy cuenta de que somos nosotros los que complicamos las cosas fáciles.

No sé si consiguió abrir nuestras mentes o hacernos pasar un rato divertido, pero… siempre que a alguien se le resiste la llave en una cerradura no puedo evitar reírme recordando a ese profesor despistado que tan buenos ratos nos hizo pasar con una asignatura que casi todos considerábamos hueso y que terminó convirtiéndose en la más entretenida y enriquecedora.

7 de noviembre de 2012

¡La leche!



Cuando por un casual a mi conductos olfativos llega el olor de la leche muy caliente mi memoria se activa y entonces parece como si en el suelo se abriera una compuerta que me llevara directamente, como un tobogán por el que me deslizara, a una época pasada, a un momento determinado de mi infancia, cuando sentada tras la enorme mesa del comedor donde hacía los deberes del colegio mi madre unas veces, mi abuela otras, colocaban delante de mi un enorme tazón de espumosa leche para que merendara.
La leche, en concreto su olor, activa mis recuerdos. En casa, cuando yo era pequeña, la leche la preparaba mi abuela en un caldero enorme, el que usaba para los potajes. Era leche en polvo y recuerdo la marca, Lita. Venía en un paquete enorme con el dibujo de una enfermera sonriente, aunque su expresión, ahora que lo pienso, daba un poco de miedo.

Mi abuela cogía un cacito y contaba las medidas; una por papá, otra por mamá, otra por ella, otra por mi y  otra por cada uno de mis cuatro hermanos, repitiendo hasta llegar a veinte o así. Después se llenaba de agua el cazo y se dejaba al fuego, y siempre, siempre, siempre, da igual que estuviera alguien al tanto, siempre se salía. La espuma se desbordaba y se manchaban los fogones y mi abuelita se lamentaba porque la leche quemada dejaba un olor característico que a mi, personalmente, no me disgustaba tanto. Algunas veces yo y mis hermanos nos llenábamos una cuchara de la leche en polvo de aquella bolsa y nos las comíamos así, mordisqueando aquel polvillo que formaba una pasta dulce en nuestra boca. Aquella leche tenía un sabor que no he vuelto a saborear, o quizás  sabía diferente porque  esa leche llegaba a hervir.  Mi abuela nunca se acostumbró a calentar la leche en el microondas, y tengo que reconocer que la leche calentada al fuego sabe mejor, mucho mejor.  
En casa siempre había una lata de leche condensada en la nevera, con un sombrerito de papel de platina protegiendo su contenido. A mi no me gustaba tanto esa leche, era demasiado dulce y te dejaba los dientes doloridos y flojos, yo prefería la leche en polvo, y ahora que lo pienso, parece que fuera el  único alimento que saboreaba con gusto. La leche nunca faltaba en nuestra dieta diaria, no un vasito, unos tazones en lo que podías nadar, y después de más mayores unas jarras enormes de cerveza llenas hasta arriba, dos o tres veces al día. Que no fuera por leche, que eso es bueno para los huesos y en edad de crecimiento es lo mejor, debía pensar mi abuela.  Y tenía razón, gracias a aquella leche crecimos mucho.
Hay días, como hoy, que un olor me hace recordar no sólo un tiempo que ya pasó, sino a las personas que lo compartieron conmigo. En estos recuerdos está mi abuela, y  es como si volviera a tenerla a mi lado, como si pudiera escuchar su voz desde la cocina llamándome para ir a comer. Hay días que algo tan simple como un olor efectúa un milagro, el de traer de vuelta a los que ya se fueron.

26 de mayo de 2012

¡Qué vergüenza!

A mi querida abuela materna la quiero mucho pero gracias a ella pasé una de las mayores vergüenzas que recuerdo, sobre todo porque ocurrió cuando yo tenía esa edad extraña que son los once años.
Mi abuela me regaló un bonito pijama súper colorido, con los colores más estridentes y el estampado más epiléptico que pudo encontrar en la tienda. Lo malo es que al final  resultó que no era un pijama,  aunque que yo al verlo, ¡y para no verlo!, lo pensará. Aquel "no pijama" era “un conjunto para llevar por la calle”.
Era mi abuela, y mi abuela pensionista que con todas las fatiguitas del mundo quiso hacerme, hacernos a todos los hermanos, un regalo de Reyes. No tuve valor para decirle que no me gustaba, y aunque lo hubiera dicho, creo que hubiera dado igual. Ya pensaba arrimarlo y dejarlo ahí en al armario como quien no quiere la cosa, pero  mi madre se empeñó en que lo estrenáramos. Decir que los demás conjuntos de mis hermanos eran casi igual de horripilantes que el mío. Al final me lo puse y recuerdo ese día como el de mayor vergüenza de mi niñez. Yo notaba miradas raras de los sorprendidos transeúntes que nos veían llegar a un kilometro de distancia, y para colmo de males me topé con casi todos los compañeros de clase que disfrutaban de los últimos días de vacaciones, y que, como no, me miraron como si estuvieran viendo al payaso de Micolor; tampoco los culpo. Esa fue la primera y última vez que me lo puse… en la calle. Lo bueno es que al final resultó ser uno de los pijamas más cómodos que he tenido nunca.

Un conjunto para llevar por la calle... En  Carnaval ¿no?
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