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20 de agosto de 2011

Erté

Romain de Tirtoff, en ruso Roman Petrovich Tyrtov, más conocido por el seudónimo  Erté (por la pronunciación en francés de sus iniciales, R.T.) (San Petersburgo, 23 de noviembre de 1892 - París, 21 de abril de 1990) fue un pintor, ilustrador, diseñador, escenógrafo y modisto ruso nacionalizado francés.
Estudió con Ilya Repin y en la Académie Julian de París. En 1913 empezó como modisto para la famosa firma de sastrería Poiret. Dos años más tarde comenzó una fructuosa relación con la revista estadounidense Harper's Bazaar, para la que efectuó numerosas ilustraciones. También trabajó para el Folies-Bergère y los estudios Metro-Goldwyn-Mayer. De estilo art déco, con ciertas reminiscencias del modernismo, su obra se caracterizó por un gusto estilizado y elegante, decorativo y ornamental. Realizó diseños de moda, joyería, artes gráficas, decoración interior y vestuario y escenografía para cine, teatro y ópera.



















18 de agosto de 2011

Andrew Bird

Andrew Bird es un cantautor de indie rock y neoswing nacido el 11 de julio de 1973 en Illinois, Estados Unidos. Alcanzó algún reconocimiento a mediados de los noventa como violinista auxiliar de los Squirrel Nut Zippers, una agrupación de jazz que reinterpretaba el sonido clásico del swing de la década del 30. En 1996 lanzó su álbum debut titulado Music of hair que mezclaba estilos como el blues, el jazz y el folk. Después lideró la agrupación llamada Andrew Bird's Bowls of Fire con los que lanzó los trabajos Thrills (1998) y Swimming hour (2001). En 1999 bajo su nombre grabó Oh! the Grandeur. En 2003 lanzó The Weather Systems, un disco menos experimental que los anteriores, con un sonido enfocado hacia el rock independiente o indie rock, el pop y el folk. La grabación fue bien recibida por la crítica especializada, así como su sucesor The Mysterious Production Of Eggs. Para este disco, el cantautor aprendió a tocar la guitarra. Además de tocar la guitarra y el violín, Andrew Bird ha proclamado ser un "silbador profesional". Desde el  2007, Andrew Bird  ha sacado cuatro discos, el último Fingerlings 4, en el 2010.



MusicPlaylist

16 de agosto de 2011


¿Desde cuando existen las máquinas expendedoras?


 Los antecedentes se remontan a la década de 1880, cuando comenzaron a instalarse en Gran Betraña y EEUU con la Revolución industrial.
En Londres, (Inglaterra), al principio de la década de 1880, se instalaron las primeras máquinas modernas que vendían tarjetas postales. En Estados Unidos, en 1888, la compañía Thomas Adams Gum Company instala máquinas dispensadoras de chicle o goma de mascar en los andenes del metro de Nueva York.
En 1897, se añaden unas figurillas animadas a las máquinas para llamar la atención y favorecer la compra. Este es el precedente de las máquinas tragaperras que existen en la actualidad.
En 1902 abre en Philadelphia un restaurante con funcionamiento exclusivamente a través de máquinas expendedoras; se mantuvo abierto hasta 1962.
En 1907, se introdujeron los chicles en forma de bolas de colores recubiertos de una capa de caramelo. Poco después las máquinas expendedoras ofrecían todo tipo de artículos.
En 1920, aparecen las primeras máquinas automáticas que venden bebidas gaseosas servidas en vasos desechables.
En 1926, se inventa la primera máquina de venta de cigarrillos. La venta de bebidas gaseosas embotelladas, enfriadas con hielo, comienza en 1930; poco después los refrigeradores sustituyen al hielo.
En 1946, las máquinas dispensadoras de café caliente marcan un hito en la historia del «vending» porque las máquinas expendedoras de café se extienden por todo el mundo. En la década siguiente hace su aparición la primera máquina refrigerada de venta de sándwiches.
En 1960 las máquinas se modernizan y ya es posible pagar tanto en monedas como en billetes. Con el desarrollo de los componentes electrónicos, en 1985 las máquinas aceptan como medio de pago tarjetas de crédito y débito.
Sin embargo, la idea de vender productos mediante máquinas automáticas es muchísimo más antigua. Tanto como del siglo I d. C. Ya en ese entonces, Herón el Viejo, un ingeniero y matemático griego de Alejandría concibió para los templos de su Egipto natal un mecanismo expendedor que daba agua bendita a cambio de una moneda. El dispositivo se basaba en el peso de esta última, el volumen del líquido, palancas, válvulas y compuertas.
En Japón estas máquinas expendedoras (también llamadas vending machine, o jidō-hanbaiki en japonés) están por todos lados. Se dice que hay una máquina por cada 23 habitantes (según la Japan Vending Machine Manufacturers Association), de forma que es el país con más vending machine por persona del mundo. Éstas máquinas ofrecen de todo: refrescos, sopa caliente, papel higiénico, medias, pilas, bisutería… e incluso muñecas  eróticas.



Más
En algunas zonas rurales de EEUU hay máquinas expendedoras que venden cebo vivo.
Cada hora más de 14 millones de monedas se insertan en las máquinas expendedoras ubicadas solo en los  EEUU.
Cada hora más de 60.000 monedas se insertan en las máquinas expendedoras de Australia.
Los estadounidenses compran más de 5 mil millones de refrescos y 8 millones de bocadillos al año en máquinas expendedoras.
Para 2012 se estima que el total anual del volumen de ventas de las máquinas expendedoras será superior a los 60 mil millones de dólares.
En EEUU hay más de 8 mil empresas cuya actividad está relacionada con las máquinas expendedoras.
Objetos tan extraños y variados como zapatillas de deporte, paraguas, corbatas, iPods, papel higiénico, pilas, ropa interior, cangrejos vivos, escarabajos, pizza, libros, huevos e incluso lingotes de oro pueden comprarse a través de máquinas expendedoras.


14 de agosto de 2011


Situado a unos 70 kilómetros de la ciudad de Roma nos encontramos con una localidad famosa por albergar uno de los lugares más impresionantes de esculturas en el mundo.



Estamos hablando del pueblo de Bomarzo y más específicamente del Parco dei Mostri o Parque de los Monstruos, creado en el año 1550 por orden del noble jorobado Pier Francesco Orsini para desahogar su corazón en los momentos de tristeza por la pérdida de su esposa.


El creador de todo este espacio fue Pirro Ligorio, quien también se dedicó a trabajar en la Iglesia de San Pedro  después de la muerte de Miguel Ángel, formando entre ambos un parque sorprendente.


La idea principal que impulsó las imágenes que podemos observar en la zona pertenecen a la mitología y lo pagano y si bien no se sabe las ideas del conde cuando lo creó dejó algunas pistas como la que dice en la parte de la entrada “Tú que entras aquí, concentra tu mente y dime luego si tantas maravillas han sido hechas con engaño o con arte”.


Bomarzo, según indican los cuidadores del parque, es un juego de palabras que se basa en la latina Polymartium -una de las teorías es que el nombre hace referencia a la ciudad del dios de la guerra Marte-.


En el jardín no escasean las representaciones de los dioses romanos, todos con poses y accionares realmente escalofriantes, como la del héroe Hércules desgarrando con sus propias manos a Caco; o un elefante de guerra de Anibal, aplastando a un legionario romano hasta la muerte.



A diferencia de la simetría de los jardines de la época, Bomarzo parece no tener una planeación central, y sus esculturas aparentan estar desconectadas unas de otras.





De las esculturas la más imponente es Orcus, el ogro, para la cual Ligorio jugó con la geometría y las sombras sobre la misma. De esta manera, la escultura parece “cambiar” su expresión facial poniéndose más feliz a medida que se acerca la noche.



Sobre la entrada del parque, dos efigies dedicadas a César Augusto nos comentan una pista de la temática del parque, las siete maravillas herméticas que representan los 7 metales transmutables y las 7 plantas milagrosas.



Este bosque poblado de monstruos mitológicos tallados en roca estuvo abandonado y durante muchos años. A mediados del siglo XX, Giovanni Bettini realizó un programa de restauración para revalorizar este lugar histórico.



Hoy en día, el Parque de los Monstruos es una propiedad privada de gran potencial turístico que se encuentra abierta al público todos los días del año. Tan solo debes cruzar la boca del monstruo para entrar en él…

12 de agosto de 2011

Una historia de amor...

El amor es lo mejor de la vida. El amor lo puede todo... el amor te alimenta.  Cuando hay amor el dolor no existe. Por amor no hay nada que no se haría. El amor es valiente. El amor está en todas partes...
...Incluso, por qué no,  en una botella de leche.




10 de agosto de 2011

SALA
DE
LECTURA




*♥ 84, Charing Cross Road- Helene Hanff






En octubre de 1949, Helene Hanff, una joven escritora desconocida, envía una carta desde Nueva York a Marks & Co., la librería situada en el 84 de Charing Cross Road, en Londres. Apasionada, maniática, extravagante y muchas veces sin un duro, la señorita Hanff le reclama al librero Frank Doel volúmenes poco menos que inencontrables que apaciguarán su insaciable sed de descubrimientos. Veinte años más tarde, continúan escribiéndose, y la familiaridad se ha convertido en una intimidad casi amorosa. Esta correspondencia excéntrica y llena de encanto es una pequeña joya que evoca, con infinita delicadeza, el lugar que ocupan en nuestra vida los libros... y las librerías. 84, Charing Cross Road pasó casi inadvertido en el momento de su publicación, pero desde la década de los setenta se ha convertido en un verdadero libro de culto a ambos lados del Atlántico.


No hace mucho tiempo os hablaba de “La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey”, un libro precioso que se inserta dentro del género epistolar. Nunca, a excepción de “Drácula”, había leído nada parecido y tengo que admitir que me gustó mucho esta manera de narrar. Así fue como gracias a “La sociedad literaria…” me encontré con este libro. Un libro (si se le puede llamar así, ya que es un conjunto de cartas, la correspondencia real de la escritora con el  librero Frank Doel) que engancha tanto que es imposible parar de leer. De hecho me lo terminé en poco menos de dos horas. Es un libro cortito, pero realmente vale la pena leerlo, sobre todo si, como la escritora, sientes pasión por los libros, a poder ser de segunda mano y con anotaciones en los bordes.
Aunque pudiera parecer decepcionante, ya que no puede decirse que tenga una estructura de novela, ni un sólido argumento, simplemente es  la correspondencia de dos desconocidos a través de dos décadas, lo verdaderamente conmovedor del libro es presenciar como estas personas opuestas, una vive en New York, la otra en Londres, una es solitaria y no tiene familia, la otra mantiene a una mujer y dos hijas en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial con escasez de alimentos y severas restricciones, se encuentran y conectan de una forma especial. Ese vinculo que les une es el amor a los libros, pero hay muchas más cosas en este libro; hay amistad, sueños y esperanzas.  
Para mí, muy recomendable, sobre todo por ese final que rebosa emoción.


Helene Hanff pudo disfrutar del éxito que siempre se le había mostrado esquivo. El libro se convirtió muy rápidamente en un fenómeno allá por 1969, año de su publicación. Luego llegaron las adaptaciones para televisión, cine y  teatro. En la víspera del estreno en  Broadway confiesa a las preguntas del entrevistador del New York Times: «Me siento bastante ajena a este estreno; es, en cierto modo, como si lo que ocurre no tuviera nada que ver conmigo. Como no he participado en la adaptación, me cuesta creerlo.» Y añade sonriendo, pero sin ocultar cierta tristeza: «Y usted..., ¿se lo creería? He pasado veinte años escribiendo piezas teatrales que nadie ha querido producir nunca, y he aquí que, en el momento en el que estoy a punto de retirarme, alguien crea de pronto un espectáculo a partir de una correspondencia que inicié hace ahora treinta años.»


Viñeta: Autoliniers

7 de agosto de 2011

El Durango


El Durango era el único bar del pequeño y perdido pueblo de pescadores de San Fernando. Su dueño, un individuo altísimo y de carácter taciturno, lo había heredado de su padre hacía cuarenta años, y desde entonces se conservaba tal cual, incluidas las largas y negras telarañas que colgaban de sus abombadas paredes.
El bar era un lugar sombrío. La luz eléctrica era un milagro que rara vez se daba en El Durango. Por las dos sucias ventanas entraba la luz del sol, tenue y polvorienta, que apenas conseguía iluminar el local, siempre lleno de alargadas y profundas sombras. Rara vez se encendían los fluorescentes llenos de cagadas de mosca. Todo tenía un aspecto adormecido, inmutable. Lo único que cambiaba en El Durango era la hoja del almanaque al terminar el mes.

El Durango no era el lugar más limpio del mundo pero se bebía y comía como en ningún otro sitio; mérito exclusivo de Paco “El largo”. Nadie preparaba con más esmero que él las tapas de pulpo, de boquerones y calamares. Además, y a pesar de ser tremendamente callado, Paco tenía muy buena mano izquierda; requisito imprescindible para un oficio como aquel.
Yo lo conocí de casualidad. Acompañaba al viejo Bartolomé hasta su casa. Habíamos recorrido unos cuantos kilómetros cuesta abajo y estábamos sedientos. El oxidado cartel de El Durango tuvo en nosotros el mismo efecto que un neón luminoso. Bartolomé rara vez frecuentaba el bar, no le gustaba beber y prefería pasar sus tiempos muertos en el cementerio. Pero aquel día el calor había pegado fuerte durante toda la jornada y la larga caminata nos había hecho perder mucho líquido. Entramos encandilados al sombrío interior. Los presentes se lanzaron con alegría a saludar al viejo mientras yo tanteaba a ciegas un lugar para sentarme en la barra. Sombras incandescentes bailaban en mis retinas. Cuando mis ojos se adaptaron a la oscuridad  pude contemplar aquel lugar pintoresco y a sus pintorescos parroquianos. Saludé circunspecto, intimidado por la algarabía, y enseguida noté miradas desconfiadas a mí alrededor.

La barra, barnizada con tinta muy oscura, estaba pulida y resplandecía. Muchos codos habían descansado allí a lo largo de los años. Bartolomé pidió por los dos y en honor del viejo, Paco, “El largo”, nos sirvió una nueva ronda de un vino que él mismo elaboraba. Poco a poco fui cogiendo confianza gracias al calorcillo de aquel vino dulce. El viejo Bartolomé también se soltó bajo el influjo pernicioso de aquella bebida abrasadora.
Apuramos los vasos uno tras otro hasta que acabamos cantando, más alegres de la cuenta. Nunca había cogido una cogorza como aquella y tan rápidamente. Se me soltó la lengua y terminé hablando de mis viajes a través del país, quizás alardeando más de la cuenta de mi holgada situación. Hacía rato que uno me miraba fijamente. Una mirada poco amistosa llena de resentimiento. Debía estar preguntándose quién diablos era yo que podía permitirse el lujo de estar seis meses sin trabajar y encima derrochar sus ahorros en viajecitos. Supe más tarde que ese chico llevaba más de dos años en paro, había agotado todas las ayudas del gobierno y subsistía gracias a los padres y suegros y al dinerillo que conseguía haciendo pequeñas chapuzas.  Al igual que todos, había apurado más vasos de los recomendables y se sentía agitado. Envalentonado por los vasos de más se me encaró. Le ignoré y aquello avivó más su enfado. Acabó sujetándome del cuello de la camisa. Me habló a escasos  centímetros de la cara asfixiándome con la pestilencia etílica que salía de su boca. Le empujé a un lado y se apoyó en la lustrosa barra tratando de aguantar el equilibrio. A esas alturas todos los que llenaban el bar habían enmudecido y observaban la escena con curiosidad y sorpresa. Paco el largo hizo acto de presencia tratando de apaciguar los ánimos encendidos.

“Una ronda calamares para todos” proclamó haciendo que  los presentes vitorearan. Pero aquello no tuvo efecto en mi oponente.
–Todos los tontos tienen suerte –espetó, hundiendo su manaza en mi hombro–. Hay que joderse, media vida parando en este bar y nunca se me ha invitado a nada, ni dejando buenas propinas cuando podía se me ha perdonado la tapa pulpos o el vaso vino. Y cliente más leal que yo no hay. Ya lo sabes, Paco, que no perdono ni un día. Aquí, clavado a las cinco, todos los días. Y llega el señoritingo este y todos los privilegios pa él.
–No digas tonterías, Joaquín. Yo siempre he estado para todos, aún perdiendo dinero.
–Eso es cierto, Joaquín, bien lo sabes tú. Anda, sal a tomar el fresco un rato, no has debido beber tanto –exclamó uno.
Bartolomé me miraba serio.
–Si la causa del malestar es mi amigo nos vamos y santas pascuas –intervino el viejo.
–De eso nada –dijo Paco–, en esta casa a los forasteros siempre se les ha recibido bien y no va cambiar la cosa ahora. Quédense y disfruten de los calamares. Y tú, no me pongas esa cara y únete a la fiesta, quizás no vuelva a repetirse.
Joaquín me miraba fijamente y yo a él, no sabía qué decirle pero le tendí la mano dispuesto a olvidar el asunto. Él miró la mano con extrañeza. Todos nos miraban gritándonos enaltecidos que nos estrecháramos la mano de una santa vez y dejáramos de tocar las narices. Joaquín cedió pero cuando iba a apretarme la mano resbaló desde la barra, tan lisa como una pista de patinaje. Los parroquianos celebraron la costalada con risotadas y así fue como todo volvió a su cauce.
Ayudé a levantarse a Joaquín y seguimos disfrutando de la velada, entre risas y anécdotas varias.
El Durango se convirtió en un refugio aquellos días especiales que pasé en San Fernando. Incluso acabé ganándome la amistad de Joaquín.

Siete días más tarde, el último día de mi estancia en el pueblo, Paco el largo me invitó a una última ronda y junto a todos los habituales de El Durango brindamos por los días soleados, por los caminos empinados y por los amigos que llegan por sorpresa.
A veces, cuando siento nostalgia de aquellos días miro las fotos de mi viaje. El Durango, sombrío y viejo, con sus paredes blancas, molidas por el sol y el salitre,  azotadas por un viento incesante, varado en el tiempo, se aparece entonces, y no puedo evitar sonreír tristemente.  Al contemplar las fotografías de aquellos amigos, de mi mismo, siento que todo sucedió en otra vida.

Ilustración: Fernando Azcoytia

5 de agosto de 2011



Uno de los días en los que se encontraba en el parlamento británico, Sir  Winston Churchill recibió una nota. La nota era muy escueta, tanto que en ella solo se podía leer la palabra “imbécil”.
El político inglés  tras leerla se dirigió al estrado. Al llegar y tras saludar a la sala comenzó su discurso diciendo:
- He recibido muchos anónimos en mi vida, pero jamás una firma sin texto.

2 de agosto de 2011

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte II

Título original: Harry Potter and the Deathly Hallows: Part II
Director: David Yates
Guión: Steve Kloves (Novela: J.K. Rowling)
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Eduardo Serra
Reparto: Daniel Radcliffe, Emma Watson, Rupert Grint, Alan Rickman, Ralph Fiennes, Helena Bonham Carter, Michael Gambon, John Hurt, Julie Walters, Maggie Smith, Kelly MacDonald, David Thewlis, Jason Isaacs, Timothy Spall, Rhys Ifans, Ciarán Hinds, Tom Felton, Emma Thompson, Gary Oldman
Productora: Warner Bros. Pictures / Heyday Films
Año: 2011
Duración 130 min.  
País:    Reino Unido
Género: Fantástico.
Sinopsis: El final ha llegado. Harry, Hermione y Ron deberán encontrar la forma de recuperar la espada de Gryffindor que les permitirá destruir los últimos horrocruxes que aún no han encontrado. Mientras tanto Lord Voldemort cada día está más cerca de apoderarse por completo de Hogwarts y de conseguir su objetivo: matar a Harry Potter. La única esperanza de Harry es encontrar los horrocruxes antes de que Voldemort lo encuentre a él. Mientras busca pistas, descubre una antigua y olvidada historia: la leyenda de las reliquias de la muerte. Y si esta resultara ser cierta podría dar al malvado Lord el poder definitivo que ansía. Poco puede imaginar Harry que su futuro está escrito desde que era niño, y ahora se ha de enfrentar a la misión para la que se ha estado preparando desde el día en que pisó Hogwarts por primera vez: la batalla final contra Voldemort.


Parece mentira pero ya han pasado diez años desde la primera vez que vimos a Harry  Potter en la pantalla grande. Recuerdo aquella primera vez en el cine, cuando vi el tráiler de la primera película; la más  risueña y mágica  de toda la saga. Era una película inocua de fantasía para toda la familia, dirigida por un tal Chris Columbus, el mismo que escribió los guiones de películas tan fantásticas como Los Goonies o El secreto de la pirámide; y justamente daba todo lo que prometía, diversión y mucho entretenimiento. Pero a medida que Harry crecía las películas perdían su inocencia y se volvían oscuras. A Chris Columbus le relevó Alfonso Cuarón en la excelente “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”, para mí la mejor película de la saga, y a este le reemplazó Mike Newell, quien fue relevado a su vez por David Yates,  el responsable de las cuatro últimas, y más flojas, películas de la saga.


No niego que las últimas adaptaciones me han dejado en la mayoría de los casos indiferente, menos, curiosamente, la primera parte de Las reliquias de la muerte, que me resultó diferente y más inspiradora, aunque se tratara de una película fragmentada e introductoria.
Es complicado  conseguir que la adaptación cinematográfica esté al nivel de los libros (y de nuestra imaginación), y más teniendo en cuenta que son libros muy extensos con mucho material, muchisimos personajes e historias paralelas. Pero lo que le critico a Yates es que ha descuidado bastante a algunos personajes  relevantes.  Para mi el caso más claro es el del personaje de Snape; su historia se cuenta pero de pasada, y de una forma torpe, poco emotiva. Con Dumbledore pasa algo parecido, se dejan muchos cabos sueltos. En otros casos como los personajes de Lupin, Tonks o Fred no es culpa del director sino de la propia JK Rowling que así lo escribió en su libro. Lo más llamativo es que incluye escenas que lastran mucho la acción, como la parte en al que Harry habla con la Dama gris; demasiado metraje desperdiciado en un personaje que es totalmente intrascendente para el desarrollo de la película. Creo que si se hubiera recortado o eliminado esta escena y se hubieran empleado esos minutos en otros personajes más importantes, la película hubiera ganado bastante.



Esta última película está diseñada exclusivamente para la batalla final, el cara a cara más esperado, la lucha de Harry contra Voldemort. Y en ese sentido no se conceden respiros. La acción es frenética en todo momento pero le falta fuerza. No es cuestión de ritmo, ya que a pesar de su duración, dos horas largas,  se pasan volando. Es que después de siete películas el final debe ser lo más contundente posible. Tenemos tantas expectativas que es inevitable sentirse  decepcionado. Y aquí el final, el epílogo diecinueve años después, es lo que termina por rematar la película; no por lo que cuenta sino por la pésima caracterización de Harry, Hermione y Ron.
En cuanto a los actores se nota una transformación; han crecido. Algunos ya eran grandes como Allan Rickman (Snape), Maggie Smith (McGonagall) Ralph Fiennes y Helenna Bonham Carter (Voldemort y Bellatrix) pero otros han evolucionado muchísimo como el trío protagonista y Matthew Lewis que da vida a Neville Longbottom, el personaje más fiel a los libros, y que en esta última película se resarce con creces. 


Me queda una sensación agridulce. Creo que este es el final adecuado para esta historia, con sus dosis de aventura, emotividad y  épica, y al mismo tiempo creo que podía haber dado más de sí, había material para llegar más, para tocarnos la fibra sensible, pero mi impresión es que es una película desganada, como si todo estuviera muy cascado ya y se mostrara lo cansados que están los personajes de jugar a las varitas y de correr de un lado a otro, y estuvieran dando vueltas para retrasar lo más posible lo que todos sabemos desde la primera película, que o Voldemort o Harry han de morir. Esa lucha final, Harry contra Voldemort, podía haber sido más emocionante, sin duda.


Aunque pueda resultar lo contrario por mis palabras, no me ha disgustado del todo, y hay muchas cosas buenas que tengo que destacar. Por ejemplo que en ninguno de esos 130 minutos he podido apartar los ojos de la pantalla. Me han enamorado sus escenarios grandiosos y los paisajes. Su banda sonora también me ha conquistado, muy épica, preciosa y oscura. Y de entre sus escenas, destaco dos, las que más me han gustado; el vuelo del dragón escapando por las cúpulas del banco de Gringotts y el sacrificio de Harry.  


Hemos llegado al final. Todos los finales parecen lejanos cuando se los imagina, pero suelen llegar por sorpresa aunque se les espere. Echaré de menos a los personajes, y a ese mundo imaginario lleno de fantasía y magia. Pero no es un final definitivo, ni un adiós. Siempre nos quedaran los libros y las películas para volver a revivir esos buenos ratos.



31 de julio de 2011

Escándalo en dos piezas

En 1855 el periódico londinense "THE TIMES" ya hablaba del escándalo del uso del traje de baño, el cual, no se distinguía mucho de los de calle. El de las damas, era un vestido de franela de corpiño ajustado y de cuello alto, con mangas hasta el codo y falda hasta las rodillas, y para terminar, pantalones bombachos, medias negras e incluso, zapatillas de lona. En los caballeros era similar.
Aquellos trajes tenían muy poco de práctico y menos aun de atractivo. La prenda fue evolucionando conforme a los progresos de la industria textil. La historia del traje de baño le debe mucho al danés Jantzen, que experimentó con distintos género. Pero fue el francés Louis Reard, quien despertó verdadera indignación. Su colección de malla de dos piezas escandalosamente pequeña revolucionó el mundo de la moda, marcando un antes y un después, cuya impronta perdura en nuestro presente.





La historia del traje de baño comienza cuando una cortesana egipcia llamada Tais uso un taparrabos para darse un chapuzón junto a Alejandro Magno y todo su ejército. Sin dudas, esta egipcia fue una verdadera revolucionaria en tanto ninguno de ellos estaba vestido.
Ya en la época de los griegos y de los romanos se creó lo que sería el germen de los trajes de baño, que por entonces se usaban en las famosas termas situadas en lugares públicos. Si nos remitimos a las  imágenes de la historia de la moda, en el siglo IV ya se pueden ver a algunas jóvenes italianas de familias acomodadas bañándose en una piscina con un calón y banda sostén llamado strophium. En el siglo XVII, Madame de Maintenon consiguió que los parisinos pudieran disfrutar de los gráciles cuerpos de las jóvenes bañistas a orillas del Sena. El traje de baño de las fiestas campestres era una camisa de baño que además servía para cubrir el cuerpo.

El concepto “mini” de los bañadores actuales dista, y mucho, de aquellas mujeres decimonónicas que acudían a “sus baños” en el mar completamente vestidas, con todos los peligros que esto suponía (ahogamientos, lipotimias, problemas en la piel…), y que vieron en el “seis piezas”, una prenda a medio camino entre el vestido y la ropa interior que causó furor en la segunda mitad del siglo XIX, una transformación de lo más ventajosa. Así nacieron los primeros "modelitos", confeccionados con el mismo material de las demás prendas de vestir, como la franela, y diseños basados en una parte de arriba muy ajustada, con cuello alto y mangas hasta los codos; falda a las rodillas y debajo pantalones largos, medias negras e incluso zapatillas de lona.

Durante los años 20 existieron los medidores de bañadores, cuyo trabajo consistía en medir la distancia entre el corte del bañador hasta la rodilla, a fin de no sobrepasar un límite impuesto (15cm de muslo)

Annette Kellerman fue una visionaria de la moda de baño. Donde antes había enormes estructuras rígidas, ella introdujo la seda, que se ceñía al cuerpo y permitía moverse con comodidad en las excursiones a la costa.


En 1909, Kellerman apareció en una playa de Boston vistiendo un traje de baño de punto ceñido a su cuerpo, con mangas hasta casi los hombros y pantalones que terminaban arriba de sus rodillas más allá del límite establecido. Una mujer al verla así avisó a la policía y fue arrestada por llevar ropa indecente.

La primera etapa de la “evolución” se completó en la década de los treinta con el traje “dos piezas”, un bañador con espalda y tirantes muy delgados. Pero la verdadera revolución tendría que esperar hasta después de la II Guerra Mundial cuando, por fin, Louis Réard creó ¡el bikini!




El origen de la palabra está en el nombre de un atolón situado en las Islas Marshall, en el Océano Pacífico.
Este tipo de traje de baño fue diseñado en 1946 por el ingeniero Louis Réard, quien se encontró con que ninguna maniquí de París quiso presentarlo porque consideraban que era indecente vestirse con él. Para su presentación, el 5 de julio de 1946, Réard tuvo que recurrir a una bailarina de striptease del Casino de París, Micheline Bernardini.
En esos días, los periódicos de todo el mundo hablaban del atolón Bikini, que los norteamericanos habían destruido parcialmente el 1 de julio de 1946, al lanzar sobre él una bomba atómica durante unos ensayos nucleares. Parece ser que Micheline Bernardini, con el desparpajo que se les supone a las bailarinas de striptease, le dijo al creador de la prenda: "Señor Réard, su bañador va a ser más explosivo que la bomba de bikini".


Ninguna modelo de la época estaba dispuesta a vestir tan reducida prenda al encontrarla indecente. Micheline Bernardini, una bailarina de striptease, fue la primera en utilizarlo.






El escándalo estaba servido con una prenda tildada por amplios sectores como “indecente”. Hasta que Brigitte Bardot lo eligió para aparecer en público en sus vacaciones en Saint-Tropez y en Cannes, fue un atuendo casi tabú y que sólo lucían las mujeres más atrevidas.
 Recuerda Terenci Moix en «Mis inmortales del cine. Años 60» que en ese subproducto BB llevó el biquini con tal gracia que anunció grandes cosas para el futuro. Y que los ingleses lo intuyeron, bautizando la película «The girl in the bikini». Lo mejor es que los censores obligaron a retocar las fotos en las que aparecía la descocada a base de tinta china y el biquini se convirtió en bañador completo.





Cuando en 1962 Ursula Andress se atrevió a usar esta diminuta pieza en la película 'Dr. No' de James Bond era una época de recato para la mujer. Su salida del mar es un icono de la cinematografía, y el bikini blanco que lució fue subastado por más de 60.000 euros.
La escena la repetiría Halle Berry también con James Bond en 2002.




La diva más rellenita  del celuloide (según los absurdos canónes actuales),  Marilyn Monroe, también posó en bikini.
Para algunos, el dos piezas no estaba hecho para ella; poca altura y demasiadas curvas para una prenda que estilizaba poco y dejaba mucho que ver. Aún así su sensualidad quedó patente más de una vez luciendo en varias ocasiones tan arriesgada prenda.







La carrera de Raquel Welch es minimalista: pocas palabras y algunas pieles colocadas estratégicamente sobre su escultural figura. Su aparición con un bikini en la película sobre la prehistoria "Hace un millón de años" (1966) la convirtió en icono sexual de los 60 y 70.






En los años 70 Bo Derek incendió la pantalla con sus atrevidos bikinis en la cinta "Bolero".













A pesar de que  las tendencias naturistas   y el  tanga han puesto en peligro la hegemonía del bikini  es éste el que verano tras verano se muestra más vigente que nunca.

30 de julio de 2011

De vuelta

Gracias a todos los que me habéis expresado vuestro cariño.
Vuelvo con las pilas casi cargadas y con muchas ganas de volver a subir a este desván.  Espero que volváis a acompañarme. La llave nunca está echada así que adelante y sentiros como en casa.





Besos para todos.
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