La pintura de Robert Duncan es cálida y viva. Me recuerda a las postales navideñas de antes, y creo que por eso me gustan tanto sus óleos.



No tengo demasiados recuerdos de infancia. Pero recuerdo mi casa, y el verde y frío campo que lo rodeaba. Recuerdo su olor; el olor de la hierba alta y el de las montañas; el olor de la lluvia y el de las nubes; el olor de la niebla que se depositaba suavemente sobre el valle al anochecer y el del frío intenso y húmedo metiéndose por mi nariz cada mañana. Tengo un recuerdo de intensa felicidad: dos niños corriendo sobre los campos de arroz. Una vez fui feliz.
El verano se acaba. Ha pasado tan rápido que me ha dado un poco de pena que haya terminado. Pero al menos nos queda su recuerdo, ¡qué remedio! Ha sido un verano cálido, algo seco, pero bastante benévolo por estas tierras. Me llevo un buen recuerdo, aunque no haya podido salir de vacaciones. Viviendo en un lugar tan turístico como Tenerife eso no supone un drama, y bueno, el que no se consuela es porque no quiere.
Autorretrato
Nacido en Nyack, una pequeña ciudad a orillas del río Hudson en una familia culta y burguesa, Hopper ingresa en la New York School of Art en 1900.
Uno de sus profesores de la escuela, William Merrit Chase, le animó a estudiar y a copiar lo que veía en los museos. Otro de sus profesores, Kenneth H. Miller, le educó en el gusto por una pintura nítida y limpia, organizada en una composición espacial ordenada y Robert Henri contribuyó a liberar el arte de la época del peso de las normas académicas, ofreciendo de ese modo un ejemplo activo al joven Hopper. Tras conseguir su título, Hopper obtuvo su primer trabajo como ilustrador publicitario en la C. Phillips & Company.

Imágenes urbanas o rurales, inmersas en el silencio, en un espacio real y metafísico a la vez, que comunica al espectador un sentimiento de alejamiento del tema y del ambiente en el que está inmerso bastante fuerte. Hopper consigue esto por medio de una esmerada composición geométrica del lienzo, por un sofisticado juego de luces, frías, cortantes e intencionadamente "artificiales", y por una extraordinaria síntesis de los detalles. La escena aparece casi siempre desierta; en sus cuadros casi nunca encontramos más de una figura humana, y cuando hay más de uno lo que destaca es la alienación de los temas y la imposibilidad de comunicación resultante, que agudiza la soledad. Un ejemplo de este tipo de obras es Nighthawks.
En 1933 el Museo de Arte Moderno de Nueva York le consagró la primera retrospectiva, y el Whitney Museum la segunda, en 1950.
Hopper muere el 15 de mayo de 1967 en su estudio neoyorquino, cerca de Washington Square.
Más obras de Edward Hopper
Los días pasaron y Cándida se sentía eufórica. Había sido tan fácil…nadie había sospechado nada, ni siquiera la policía. Los vecinos de Regina comentaban con cierto regocijo su muerte. Censuraban sus kilos de más y lo asfixiada que llegaba siempre a su casa, un cuarto piso sin ascensor. Parecía claro que la muerte de Regina se había debido a causas naturales.
A Cándida sólo le quedaba cobrar el boleto en cuanto tuviera ocasión, sólo que empezó a volverse paranoica. Todo había salido bien, sin embargo ella sentía un miedo constante del que no lograba desprenderse.
Temía que la descubrieran e ir a la cárcel. Cuando miraba a los que la rodeaban sentía como si éstos lo supieran, como si pudieran leer en sus ojos el horrendo crimen que ella había cometido. El miedo se acentuaba cada día sin que existiera un motivo real para ello.
Sentía una presencia a su alrededor día y noche, como si el fantasma de su victima la acechara desde las sombras de su habitación. Empezó a tener pesadillas, y ese estado de ansiedad permanente afectó a su vida diaria.
Como no dormía no rendía en el trabajo. Se deterioró mucho en pocos días, pero aquel nuevo aspecto le proporcionó, curiosamente, el semblante ojeroso de profunda pena que requería la situación. Todo el mundo achacó su mal aspecto a la tristeza que sin duda le debía haber causado la repentina muerte de su amiga.
Cándida se sentía enferma. Había cometido un crimen perfecto pero nadie podía felicitarle por ello. Nadie podía alabar su astucia y su inteligencia porque nadie lo sabría nunca. ¿Y de qué valía haber cometido un crimen como el que ella había cometido si nadie podía reconocérselo? Empezó a fantasear con la idea de confesar, de entregarse voluntariamente, de gritar a los cuatro vientos que ella, nadie más que ella, había asesinado a su mejor amiga. Pero siempre que estaba a punto de hacerlo se echaba atrás. Más que el temor al no ser reconocida, Cándida sentía verdadero pavor a ir a la cárcel.
Habían pasado dos meses desde el asesinato. Durante aquel tiempo intentó en varias ocasiones cobrar el boleto premiado, pero el miedo la atenazaba. Estaba segura de que si lo hacía sospecharían de ella, a pesar de que nadie sabía que las dos amigas compartían afición a los juegos de azar y muchos menos que compartían boleto.
Cada vez que salía de casa dispuesta a cobrar el boleto alga pasaba. Una vez a punto estuvo de ser atropellada en plena calle, y la otra vez se cayó por unas escaleras rompiéndose un pie. Como mujer supersticiosa que era empezó a creer que aquel dinero, en el caso de que algún día tuviera valor para cobrarlo, le traería mala suerte.
Y en eso pensaba mientras subía a su piso ayudada por su asistenta.
—Tiene muy mala cara, doña Cándida. Es mejor que se eche un rato en el sofá. Le bajaré un poco la persiana.
Cándida, agradecida, se recostó pesadamente.
—Así—dijo la asistenta colocándole un cojín debajo del yeso—. Descanse y no piense en nada ahora.
Los calmantes para el dolor habían adormecido a Cándida que cerró los ojos, exhausta.
La asistenta se llevó el bolso y la chaqueta de la mujer para guardarlos en el armario.
Regresó poco después con una manta y el frasco de esencia, que se había deslizado del bolso abierto cuando ésta se disponía a guardarlo. Primero la arropó con mimo y luego, dándose cuenta de que no había traído el quemador, fue en su busca, depositando sobre la mesita el frasco de canela. Cándida jadeó ligeramente, dolorida. Cuando la chica volvió recogió el frasco de aroma, encendió la vela del quemador y echó dos gotitas.
Esto le ayudará a relajarse, pensó complacida.
—Doña Cándida, le he preparado la comida de mañana, está sobre la encimera enfriándose. Acuérdese de meterla en la nevera o se echará a perder.
—Gracias, Ana. No sé que haría sin ti —dijo, sintiéndose por primera vez en muchos días totalmente relajada.
—No hay por que darlas, y hágame el favor de descansar. Buenas tardes.
La esencia de canela flotaba en el aire. Cándida respiró profundamente, rumiando las palabras de la chica.
Tiene razón, pensó. No sé por qué me preocupo; y sonrió alejando de si el pesimismo. Nadie lo sabrá nunca, murmuró. Nadie lo sabrá nunca.
Patrick Swayze nació un 18 de Agosto de 1952 en Houston (Texas). En su etapa estudiantil destacó por sus cualidades atléticas y por su interés por el teatro. Una lesión de rodilla le alejó de una prometedora carrera en el futbol americano, lo que hizo que se decantara por el ballet, convirtiéndose en bailarín profesional.
Francis Ford Coppola le dio una oportunidad de oro cuando fue selecionado para completar el reparto de "Rebeldes" en 1983.
En 1987 y gracias a “Dirty Dancing” Patrick se consolidó como actor. Nadie esperaba el éxito, ni siquiera los dos actores protagonistas, pero la película fue un taquillazo. La banda sonora vendió miles de copias, y también fue un éxito. Patrick Swayze compuso y cantó una de las canciones. “She like the win”, que permaneció durante varias semanas en la lista de singles más vendidos de EEUU.
En 1991, junto a Keanu Reeves en Le llaman Bodhi
En uno de sus últimos trabajos, la serie "The Beast".
En 2008 se le detectó el cáncer de páncreas, justo el mismo año en que parecía que la carrera de Patrick Swayze volvía a encauzarse. Ningún especialista era optimista. Él mismo Patrick confesó su miedo frente una la enfermedad con un índice de mortalidad del 95%, sin embargo se enfrentó a la enfermedad con valor y optimismo.
No pudo ser, Patrick nos dejaba el 14 de septiembre a los 57 años.
Descanse en paz.